Gaspar y Rimbau o cómo inventar la máquina del tiempo por la comedia [Parte 1]

La primera vez que oí hablar de Enrique Gaspar y Rimbau, se me vino a la cabeza aquella frase que había leído en algún sitio, y que más tarde descubrí que era de Cela, que decía que “Hay dos tipos de hombres: quienes hacen historia y quienes la padecen”. Después de profundizar algo más en su vida, hay que reconocer que al madrileño no solo le tocó estar en el segundo grupo, sino que, además, la historia, como a tantos otros, se lo llevó por delante.

Hoy en día estamos familiarizados con el concepto de los viajes en el tiempo. Seguro que en más de una ocasión tú, lector, has fantaseado, como quien escribe, con la posibilidad de ir al pasado o al futuro y echar un vistazo. El audiovisual de ciencia ficción se ha ocupado durante años de alimentar esta utopía con numerosos y variopintos artefactos: el Delorean de ‘Regreso al futuro’, la cabina de ‘Dr. Who’, las cajas de ‘Primer’… Pero antes de que el cine y las series aparecieran en escena, fueron los libros los responsables de hacer volar la imaginación. En la cultura popular se ha erigido al escritor H.G. Wells como padre de los viajes en el tiempo por su novela ‘La máquina del tiempo’ (1895), pero lo que no muchos saben es que Enrique, con su anacronópete, ya lo había sido casi con una década de antelación. 

El autor de comedias, novelista y diplomático escribió esta obra en tres actos, que originalmente estaba destinada a ser una zarzuela, durante sus años como cónsul en China, hacia 1881, aunque la fecha no se sabe con exactitud. Lo que sí se sabe es que unos seis años después, en 1887, y ya de vuelta en España, la reconvertiría en novela y así sería finalmente publicada.

Grosso modo, ‘El Anacronópete’ relata, muy al estilo Julio Verne y con golpes de humor divertidísimos, las aventuras y desventuras del científico zaragozano Sindulfo Gracía, quien utiliza la Exposición Universal de París de 1878 para presentar su máquina del tiempo, una especie de Arca de Noé de hierro fundido con multitud de comodidades y adelantos tecnológicos (para la época) basados en el uso de la electricidad —la “niña bonita” que vendría a traer el futuro. Junto a él, su buen amigo Benjamín, su sobrina Clara y, como polizones, el novio de esta, su asistente y varios soldados. Asimismo, y a petición del gobierno de Francia, a última hora se unen a la expedición un grupo de prostitutas de edad avanzada con el objetivo de devolverles su juventud, hacer ver al resto de chicas francesas que ese tipo de vida no tiene futuro y, de este modo, volver a ser un país decente —Aquí podemos intuir un poco de ese humor ácido e irónico del que hace gala el autor durante toda la historia—. El cénit llega al descubrir las verdaderas intenciones de Sindulfo, que lo que pretende en realidad con su invento es viajar en el tiempo hasta toparse con un periodo cuyas leyes arcaicas le permitan casarse con su sobrina, de quien está secretamente enamorado, incluso en contra de su voluntad (porque ella no le hace ni caso). Spoiler: no solo sale mal sino que al final todo resulta ser un sueño del científico… Sí, como en ‘Los Serrano’.

Ilustración cedida por la editorial Gaspar y Rimbau

Ante semejante hito cómico, cuesta entender los porqués del desconocimiento generalizado de obra y autor. Pese a haber conseguido algún que otro premio durante su carrera, los hay que apuntan directamente a las duras opiniones que volcó en sus escritos sobre la sociedad española. “Fue un personaje muy crítico con la España de su época. Era culto, inquieto, inconformista, viajero… Trataba de generar obras que hicieran pensar, le importaba la ética social; y ya atisbaba una España de favoritismos, de gente “decente” que no lo era tanto. Y huyó de ello. […] Tenía todas las papeletas para que le hicieran pasar desapercibido”, me comenta Javier Olivares, co creador y guionista de ‘El Ministerio del Tiempo’ —en cuyo final el anacronópete juega un papel fundamental—. 

Y para muestra, un botón. Así se despide del lector en la novela que nos ocupa: “Y no obstante hay que reconocer que mi obra tiene por lo menos un mérito: el que un hijo de las Españas se haya atrevido a tratar de deshacer el tiempo, cuando por el contrario es sabido que hacer tiempo constituye casi exclusiva ocupación de los españoles”. Ni que decir tiene que, de haber existido en tiempos de Twitter, más de uno, de aquellos a los que se les hincha el pecho hablando de patria, habría pedido su cancelación digital y, ya puestos, su cabeza. Pero lo cierto es que también sería el tiempo, aunque resulte una paradoja, el otro gran factor a la contra.

Porque nos gusta la comedia, la literatura y los viajes en el tiempo, en VERBENA creemos que la historia de este madrileño ilustre, que también estuvo a punto de aparecer como personaje en la serie de TVE, merece ser contada. ¿Quién fue Enrique Gaspar y Rumbau?

El comienzo de todo

Enrique Lucio Eugenio Gaspar y Rimbau nació el dos de marzo de 1842, en el cuarto bajo de la calle del Sordo, nº 23 (hoy la calle Zorrilla, nº 19). El edificio donde vino al mundo aún está en pie, curiosamente muy cerca del Teatro de la Zarzuela, aunque, por desgracia, lo han reconvertido en un hotel.

Hijo de actores, pronto abandonó la capital para marcharse a Valencia con su madre y hermanos tras morir su padre. Allí empezó a estudiar Filosofía y Humanidades, pero la falta de recursos económicos de su familia le obligó a abandonar la escuela. No obstante, escribió su primera zarzuela a los 13 años y, poco más tarde, comenzó a trabajar como redactor de ‘La Ilustración Valenciana’.

Su sueño de convertirse en escritor le hizo volver a Madrid a los 21 años y aquí conoció a la que se convertiría en su mujer: Enriqueta Batllés y Bertrán de Lis, hija de una familia aristocrática que no aceptaba su forma de vida. Aun así, fue un pionero del teatro social con obras que criticaban los valores burgueses y publicó decenas de artículos, poesías y textos en los principales medios de la época. “Por aquel entonces, para “sobrevivir” del teatro era necesario escribir y representar al menos tres obras anuales… Casi nada. Al nacer su segundo hijo, su suegro le sentó y le dijo que debía dejar de intentar lo del teatro, porque de otra forma nunca podría dar una buena vida y un estatus a su hija”, narra Andrés Massa, de la editorial valenciana Gaspar y Rimbau, responsable del precioso facsímil de ‘El Anacronópete’ editado en 2018. 

Imagen del facsímil de ‘El Anacronópete’. Foto. Sara Peláez

Espiritista declarado

Motivado, quizás, por esta charla con el padre de su mujer, el novelista decidió dar un giro a su carrera y, gracias a sus contactos, empezó a trabajar como vicecónsul en Grecia y más tarde en Francia. Allí se hizo amigo del astrónomo Camille Flammarion, muy importante en esos años por su labor como divulgador científico a través de novelas o historias de pseudociencia para ilustrar a las masas. 

Tiempo antes de conocer a Enrique, Camille había escrito ‘Lumen’, un libro cuyo protagonista es el espíritu de una persona que acaba de morir y que vuelve para contarle a su amigo cómo es el Más Allá. Página tras página, el espíritu le habla a su viejo compinche sobre el poder de viajar por todo el universo en un instante o ver la Tierra desde una estrella a 20 años luz; una distancia que, por tanto, le permitía ver el pasado. “Hablaba de ver con un ojo que no podía explicar, como si atravesase fotografías, porque todavía no existía el cine, claro, y no podía hablar de escenas o fotogramas como lo haríamos ahora. Hoy nos parece obvio, pero en esos años el concepto fue muy novedoso. Se dice que incluso Einstein llegó a basarse en ‘Lumen’ para su Teoría de la Relatividad”, continúa Massa.

Los dos autores empezaron a relacionarse en pleno apogeo del espiritismo en el país galo, y posiblemente este se convirtió en uno de los cimientos de su amistad. La doctrina, que gozó de gran éxito entre los intelectuales de medio mundo durante la segunda mitad del siglo XIX, se define como la ciencia que estudia la naturaleza, el origen y el destino de los espíritus y las almas, y su relación con el mundo corpóreo y la filosofía (con ayuda de los médiums). “La teoría de la evolución de las especies de Darwin destrozó la cabeza a todos. Acabó con la idea de que el mundo tiene 5.000 años y de que venimos de Adán y Eva. De pronto todo era un poco mentira y esto dejó a la gente descolocada. De ahí nació esta casi necesidad de contar con una conexión espiritual y a la vez científica… El espiritismo aquí encajaba a la perfección”, apostilla.

Las referencias a esta pseudociencia son claras en la citada obra de Flammarion desde su misma sinopsis, pero Gaspar y Rimbau tampoco se quedó atrás. En ‘El Anacronópete’ el madrileño habla sobre la “metempsícosis”, o la transmigración de las almas —por la cual “El espíritu de los que mueren pasa al cuerpo de otro animal racional o inmundo según sus merecimientos en la vida”—, y, además, le dedica una historia independiente incluida en la edición original de la novela. 

—————————

Hasta aquí la primera parte del reportaje sobre la figura de uno de nuestros vecinos más ilustres, aunque desconocidos: Don Enrique Gaspar y Rimbau. En la siguiente —y última— entrega os explicamos por qué el ‘tiempo’ se convirtió en su mayor enemigo, revelamos alguna que otra curiosidad sobre la adaptación del anacronópete en el ‘El Ministerio del Tiempo’ —de la mano del mismísimo Javier Olivares— y descubrimos qué une al madrileño con la banda Sidonie. 

Lee la segunda parte del reportaje aquí.