‘Traición’: el virus se mata con whisky

Una mesa pálida y esquinada es el único lugar iluminado de una sala amplia y aparentemente cálida. Sobre ella, dos copas acompañan la velada de dos antiguos amantes: Jerry y Emma. Robert, el marido de esta y el mejor amigo de este, también beberá, y mucho. Entre todos y durante 85 minutos se servirán vodka, vino blanco y whisky, y esperarán a digerir el paso de los acontecimientos y de los años. Pero claro está, todo esto aún no lo sabemos.

Antes de descorchar las mejores botellas, Israel Elejalde, director de esta adaptación del clásico de Harold Pinter, anuncia entre un público abarrotado de mascarillas y expectación, que está muy contento de tenernos ahí, entre las butacas. Exactamente, entre las distancias que separan los asientos de este Pavón Teatro Kamikaze que reabre con un lleno rotundo y seguro: hasta en los techos el aire se ha actualizado a los nuevos tiempos con un sistema de ionización por plasma frío. Porque el teatro, y la cultura de este país, nos necesita de una forma comprometida y no sólo pasional.

Al poco entran dos mujeres y dos hombres, engalanados con las modas de los frenéticos setenta. Una de ellas se sienta al piano. Un piano acusador, anclado a la parte derecha del escenario, y durante los cuatro minutos que restan al comienzo de esta peripecia, sólo se escuchan sus teclas mientras se nos pide responsabilidad contra anacronismos furtivos. El tiempo termina y los neones rojos que coronaban el escenario desaparecen en las alturas. En ellos se leía la palabra ‘Traición’.

Lo que presenciamos a continuación es una historia corriente, un triángulo amoroso formado por desencantados intelectuales británicos: Jerry (Miki Esparbé), Emma (Irene Arcos) y Robert (Raúl Arévalo); pero contada de forma muy poco usual -que no causal-. Nos colamos en la última copa que se recuerda entre Jerry y Emma, y de ahí, empezamos a retroceder hacia el inicio del engaño. Para entender, pero también para compadecer.

Fotografía: Teatro Kamikaze

Atravesamos episodios capitulados que nos llevan a apartamentos en los que no se sirven desayunos, partidas de squash pendientes y viajes epifánicos a la ribera de Venecia. Todo tiene una vuelta de hoja y el piano se encarga así de recordarlo cada vez que la escena roza el dramatismo, porque la tragedia no se permite perpetuar. Somos espectadores de una guerra fría que selecciona con vehemencia los puntos de inflexión de una aventura que no termina de afrontar su compromiso con la realidad ajena. Que no asume su traición consumada.

Los actores destacan en esta adaptación que reconoce en su texto el buen hacer de Pablo Remón y su sutil comedia de incómodos y triviales malentendidos. La complicidad de Irene Arcos y Miki Esparbé se palpa en la intimidad de sus encuentros, estampados sobre sus cuerpos, su estado emocional, y estacional, a través de cuidadosos cambios de vestuario. La puesta en escena, orgánica y meticulosa, coloca a Lucía Rey -la espectadora sobre el escenario- en un improvisado secundario cuando no está regalando su música en directo. Mención especial al cínico Robert de Raúl Arévalo que ofrece un contrapunto cómico que encaja a la perfección con la actitud prosaica de un personaje que trata de enmascarar, con una magnífica frase, su frustración: “¿A ti te apetece ir mañana a Torcello?”.

La obra, que se ha estrenado tras cancelarse el pasado mes de marzo debido a la crisis sanitaria provocada por la Covid-19, permanecerá en cartel hasta el 4 de octubre. Una ocasión idónea para acercarnos a un clásico poco convencional del siglo XX que muestra, al igual que el cine italiano de los setenta, los vacíos más secretos de esa clase alta y distinguida, tremendamente deshonesta con su imagen pública. Una oportunidad para volver al teatro, que funciona más que nunca como analgésico de esta realidad incierta, que se presenta como una mañana soleada en Torcello, que mata, como el whisky, cualquier virus de esos que no deja digerir las traiciones más inesperadas.

Entradas a la venta para próximas funciones en la web del Teatro Kamikaze.