‘Todas las canciones hablan de mí’: el compromiso al carpe diem

Hay momentos en la vida en los que no sabes qué vendrá después. Tampoco te importa, claro. Has subido al Acrópolis y escuchas sentado sobre los vestigios de una civilización milenaria el ‘Transatlanticism’ de Death Cab for Cutie mientras miras la fachada en obras del Partenón. Queda hasta poético. Por un instante, vives un momento que parece no regirse por las leyes de la física, que parece condensarse en el tiempo más indulgente. Como las últimas hojas de ese libro, como el atardecer en la ciudad que te acogió durante meses, como entrar en una sala de cine. Cuando de pequeño me percataba de esta efímera sensación, cerraba muy fuerte los ojos e intentaba capturar por un segundo ese recuerdo. Todo sucedía delante de mí, pero sabía que iba a terminar pronto. Tiempo después me enseñaron una forma de encapsular este momento fijando cinco puntos en el espacio, como si compusiera una panorámica con las pupilas. Hay veces que no te da tiempo ni siquiera a cerrar los ojos, a guardar la partida, pero por alguna razón, la reminiscencia de esos segundos permanece en la memoria. Sobre esos instantes se vertebra una vida, o el desenlace de una película.

En 2010 Jonás Trueba presentaba su opera prima: ‘Todas las canciones hablan de mí’. Una comedia romántica que narra el duelo sentimental de un hombre melancólico. Una rara avis del cine español de los últimos años que introduce dos de las premisas más marcadas en la filmografía del director a lo largo de sus siguientes obras: la aceptación de la vida adulta y las calles de Madrid como telón de fondo.

Ramiro, el protagonista de esta película, es uno de los últimos románticos de la ciudad. Vive inmerso en la incongruencia de sus actos: ha aceptado una nueva autonomía, pero no puede evitar acordarse de ella a cada paso. Dice que es fumador, pero le falta la fuerza de voluntad necesaria para fumarse un cigarrillo al día. Trabaja en una librería y todas las canciones hablan de él. Y de ella.

Ella es Andrea y el día que lo dejaron le escribió una carta con unas frases de ‘Intimidad’, novela de Hanif Kureishi, que dicen: “Sin duda, evolucionar constituye una infidelidad. A los demás, al pasado, a las antiguas opiniones de uno mismo. Tal vez cada día debería contener al menos una infidelidad esencial o una traición necesaria”. Y tratan de tomárselo con naturalidad.

Fotograma de la película Todas las canciones hablan de mí
Fotograma de la película ‘Todas las canciones hablan de mí’

Durante siete capítulos, la ciudad amanece mientras Ramiro recorre sus calles y sopesa las consecuencias del libre albedrío; como las elipsis que cuentan ‘La Dolce Vita’, como los siete picos fronterizos de Madrid. Atraviesa Plaza de España y acude al bar de siempre, en donde se recrea una puesta en escena tan inteligentemente económica como genuinamente teatral; entra en las discotecas y hace oídos sordos a los ‘Crujidos‘ de Nacho Vegas que le repiten una y otra vez que lo suyo “no es tan trágico”; se sienta en los bancos de piedra de Las Vistillas —en la distancia ese viaducto de Segovia que veremos asaltado años después en ‘La virgen de agosto’—, y desatiende la clave maestra de su desazón: el relato epifánico de un arquitecto honesto y un edificio que podría haber firmado Hemingway bajos las ruinas de su silencio.

Ramiro pasa por el inexorable itinerario del joven con miedo al fracaso. Primero se camufla entre los amigos: ese grupo de soñadores sin edad que caracterizan tanto el cine de Jonás Trueba; pero para ellos la vida sigue adelante aunque no les deje reaccionar. Después saborea el elixir del artista hedonista, que intuye que es el momento de probar aquello que se desatiende al elegir una vida en plural; y siente que se puede soltar lastre, pero que nunca se llega a ser transparente. Por último, se replantea, incluso, un exilio, cerca del ártico, a remar contra otros vientos; pero no deja de ser otra forma de llamar a la huida.

En un ejercicio por realzar lo analógico, Jonás Trueba finaliza esta historia que habita entre el ajetreo de la metrópoli y la desidia de su protagonista, combinando el lenguaje más clásico de la música y el impulso más arcaico contra el hermetismo emocional. Como un salto fuera del nido, con el sonido in crescendo del free jazz, en un instante lúcido y meditado donde la cronología parece encauzarse por primera vez en todo el metraje: “Ni cinco minutos antes, ni cinco minutos después”. Un momento que no tiene futuro, que no le importa el pasado, que se escapa si cierras los ojos. Como la instantánea que nunca haces, como ese sueño llamado cine.