El perro Paco, el primer influencer de Madrid

Los influencers no son cosa reciente. Ni propia de los humanos. Al menos en Madrid. Eso descubrí en los grises meses del confinamiento cuando abrí el último número (y primero de su nueva época) de ‘Agente provocador’, la revista de la editorial La Felguera, y me topé con un póster a color ilustrado por Ajo Galván con un letrero: “Más listo que el perro Paco”. Demonios, ¿quién será ese chucho tan sabelotodo que aparecía delante de un bocadillo y un cuenco de agua ante la atónita mirada de los intelectuales del lugar? Cuando di la vuelta al cartel, encontré su historia, la vida del “fundador de la clase de bohemios de la raza canina”, como le definieron en los diarios de la época.

Lo que leí de este personaje tan curioso del Madrid de finales del XIX me sorprendió, me hizo reír a carcajadas tanto ante su asombrosa vida, que me llevó a investigar aún más en hemerotecas virtuales, y una idea se instaló en mi cabeza: Paco fue el primer influencer que tuvimos en la capital, mucho antes de toda esta panda de celebrities que hoy día habitan en nuestras redes sociales. Tal era su impacto que hasta el periódico El Globo anunciaba el 28 de mayo de 1892 que a Madrid había llegado la “perromanía”.

Paco era un perro callejero, uno más de los tantos que habría en el Madrid de entonces, hasta que un 4 de octubre de 1879 entró en el Café de Fornos, situado en la calle Alcalá, número 21, hoy convertido en la cafetería Starbucks cercana a la boca de metro de la estación Sevilla. Este local era un lugar de reunión de escritores, políticos y bohemios, de agitadas tertulias, siempre concurrido por lo más respetable y la golfería madrileña. Allí hizo su aparición Paco el día de San Francisco de Asís, curiosamente patrón de los animales, y tuvo la suerte de acercarse al Marqués de Bogaraya, Gonzalo de Saavedra y Cueto, quien pocos años más tarde sería alcalde de Madrid. Al Marqués le debió resultar simpático el animal, que le agradeció su compañía con una pieza de carne y le bautizó con el nombre del santo de aquel día de octubre.

Foto del cartel del perro Paco perteneciente a la revista Agente Provocador de la editorial La Felguera.

No se conoce la raza de Paco, pero sí ciertos aspectos de su físico, como que el can era un macho de pelaje negro con el pecho blanco. El periodista Eduardo de Palacio iba más allá en El Imparcial del 13 de mayo de 1882 en su artículo ‘El perro don Paco. Silueta contemporánea’ donde lo describía como un dandy más de los cafés que frecuentaba, pero de mayor distinción: “Es un perro, al parecer, que viste constantemente de etiqueta: frac negro, rabo muy corto, calzón ajustado, negro, a la portuguesa, media negra y zapato negro, y entre las solapas del frac asoma una pechera blanca como la nieve.”

Cada noche Paco volvía a Fornos y otros establecimientos de la céntrica calle Alcalá, donde sabía que sería bien recibido. Él también correspondía, pues siempre acompañaba en el camino de vuelta a casa al benefactor de turno. Después se retiraba a las cocheras del tranvía de la calle Fuencarral donde pasaba la noche. Muchos quisieron adueñarse de él, pero era un espíritu libre, no había correa que le atase. No se casaba con nadie, más que por el interés de un buen bistec, vaya. “Admite los beneficios, pero huye del encierro”, decían de él entonces. Tonto no era.

Es asombrosa la popularidad que tuvo un can tan poco atractivo físicamente en el Madrid de finales del XIX, pues de él se hicieron canciones, un diario homónimo repasaba su día a día, dulces y chocolatinas con su imagen se vendían, también botellas de anís aromático… ¡e incluso el Rey Alfonso XII le escribió sus memorias! Bueno, la autoría es anónima, pero tanto el pueblo de Madrid como figuras cercanas al monarca daban fe de que éste era el autor real de las ‘Memorias autobiográficas del perro don Paco’, donde en primera persona contaba sus aventuras y reflexionaba sobre todo lo que se le pasaba por su cabeza. ¿No os parece divertidísimo? Y sí, era un chucho bastante común, pero lo que le diferenciaba del resto era sus gustos culturales (ya podrían aprender muchos youtubers de él). La agenda de la ciudad siempre estaba pendiente de si haría acto de presencia, pues, como ocurre en el pueblo de ‘Amanece que no es poco’ con el escritor William Faulkner, en Madrid había verdadera devoción por Paco. Allá donde iba, éste se convertía en el evento VIP de la ciudad. Incluso se hacían apuestas sobre qué plan elegiría aquella jornada.

Foto de archivo del Café de Fornos.

Paco era amante del teatro, la zarzuela, la carrera de caballos y, especialmente, de los toros. Acompañaba a los toreros andando desde sus casas hasta la plaza de toros, entonces ubicada cerca de la Puerta de Alcalá. Su presencia en la crítica taurina era constante, siempre se hacían eco de las “opiniones” de Paco, pues desde el tendido 9, su lugar de preferencia, donde cada día le esperaba su cuenco de agua (era abstemio), disfrutaba de una buena faena, pero si el torero no cumplía no había quien callase sus ladridos de reproche, e incluso bajaba al ruedo para encararse al matador. Los toros eran su pasión, pero también fueron su perdición, pues el 21 de junio de 1882, el novillero Pepe de los Galápagos no acertaba, el público abucheaba, y Paco, de tan harto de ladrar, no aguantó más y saltó a la plaza. El novillero, nervioso y hastiado, tras tropezar con el perro, le lanzó una estocada de la que Paco no pudo salvarse. El torero tuvo que salir escoltado, pues el graderío enfureció de tal manera que hasta él temía por su vida. Los mejores médicos allí presentes lo intentaron, los veterinarios más reputados de la ciudad hicieron todo lo posible por salvarle, pero no hubo manera. Su agonía duró casi una semana, cuyo estado de salud se comunicaba en la prensa cada día.

Tras su muerte, se sabe que fue disecado por Ángel Severini, el taxidermista más popular de Madrid, y que su cuerpo fue expuesto tanto en su escaparate como en una taberna de la calle Alcalá, en un hotel del paseo de Recoletos y un museo taurino de Madrid. Los madrileños lloraron su marcha, incluidos sus grandes amigos de la boheme de la época, como Alejandro Sawa o Ramón María del Valle-Inclán escribieron en su memoria. Se propuso una recaudación de dinero para enterrarlo en el Parque de El Retiro bajo una estatua en su honor, a lo cual los vecinos de Madrid se volcaron con esta iniciativa, pero… Alguien huyó con todo el dinero y Paco se quedó sin su monumento. Sin embargo, se sospecha que, efectivamente, sí está enterrado en El Retiro, pero se desconoce el lugar exacto.

Es curioso que un perro callejero tuviese tal fervor entre los madrileños de hace poco más de cien años. Otros tiempos más sencillos, quizás. Aunque también hay que reconocerle a Paco su personalidad tan fuera de lo común, realmente peculiar, aristócrata e interesado por la cultura, tanto o más que sus compañeros del Café de Fornos que le dio la bienvenida a la vida pública de Madrid.