Antidisturbios: el edredón de los poderosos

Desde hace años amanecemos rodeados por una vorágine de titulares que ponen a prueba nuestra curiosidad -e, incluso, nuestra buena fe- y que cosifican a la perfección la manera en que consumimos los acontecimientos que transcurren a día de hoy. El clickbait, la polémica que le precede, la réplica que alimenta el debate, el hashtag y el beneficio de la agitación del ruido. La ambigüedad, con todas sus caras y su desgana de fin de semana. Porque en el fondo, casi todo es legítimamente viable y, además, funciona como un tirón para lubricar la maquinaria mediática. Quizá, si luego rascamos por ahí, descubrimos que, por haber, no había ni noticia. Quizá, si tiramos de mantas más grandes y sustanciosas, la cuerda se tense.

Hace apenas unas semanas, la primera producción española de HBO: ‘Patria’, copaba todos los titulares al desvelarse el polémico cartel promocional de la serie. La controversia seguía la dinámica de aquel revuelo mediático que consigue, por medio de cualquier tipo de publicidad, la mejor promoción posible: la ya clásica táctica de Netflix cada Navidad, ingeniándosela para mandarnos un nuevo mensaje, sobre los andamios del centro de Madrid. Con ‘Antidisturbios’, la serie de Isabel Peña y Rodrigo Sorogoyen para Movistar+, ocurrió algo parecido desde que se desveló su primer adelanto. En este país tenemos una generación de futbolistas que han marcado época, una cantera en el baloncesto que nos permite seguir mandando futuras promesas de las alturas a la NBA y unas escuelas de formación que son la envidia del tenis internacional, pero aquí el deporte rey sigue siendo el prejuicio. Si a esto le sumamos que no hay estrato social que no esté libre del estigma, ya sea por cuenta propia o autoimpuesto por el vecindario, se forma un caldo de cultivo idóneo para aquellos, verdaderos curiosos, grandes temerarios, que ven en el quiste la oportunidad, si no para suturar la herida, al menos para destapar lo que ha causado la hemorragia.

Resulta ineludible que, bajo esta premisa, la incombustible Laia Urquijo (Vicky Luengo) sea la encargada de enfrentarse sin titubear a seis tíos con porras. Se antoja evidente, después de los seis episodios que dura ‘Antidisturbios’, que sea este personaje maravillosamente imperfecto la gran sorpresa de un elenco sensacional (Raúl Arévalo, Hovik Keuchkerian, Álex García, Roberto Álamo, Raúl Prieto y Patrick Criado), que retrata brillantemente un abanico de personalidades tan diversas como las que conforman una gran familia. Porque esta serie la cuentan sus protagonistas -algo que ya anticipa cada capítulo-, y no se necesita más de una escena para conocer cómo son y cuándo desenfundan la porra la fraternidad del Puma 93.

Pero no sólo es a través de la conexión creativa con Peña sobre la que el director madrileño vertebra sus proyectos. Entre sus filas se reconocen los agobiantes y cuidados angulares de la fotografía de Álex de Pablo y la música inmersiva de su fiel compositor Olivier Arson. Un esquema que mantiene al igual que su inquebrantable obsesión por llevarlo todo a un ambiente de máxima tensión que se percibe desde el primer hasta el último momento. Así se dispone el tablero de juego, a través de una tragedia que pone en tela de juicio la actuación de este grupo de antidisturbios tras un operativo que parece estar condicionado por intereses ocultos. Y ahí es donde entra Laia, agente de Asuntos Internos, para mover los hilos que hagan falta hasta llegar al fondo de una trama corrupta que salpica a la gran mayoría de los estamentos que se comparten el poder nacional. Representantes del mundo de la política, los medios, los cuerpos de seguridad nacional, el poder judicial… Hasta cierto personaje cuyo nombre y vestimenta traspasa la ficción. Cloacas de un sistema que lleva tiempo podrido y que conocen bien los responsables de esta historia de historias.

La que para mí está siendo la serie del año, nos presenta un ejercicio monumental de cómo sacudir la gran manta del sistema, desde sus esquinas y múltiples capas, con una elegancia que no precisa de blanquear lo reprobable o de linchar lo aparentemente denunciable, para retratar un hecho que, tristemente, forma parte de nuestro día a día.

Para el recuerdo una imagen que cierra una partida inacabada: un crucero en el horizonte, que anticipa uno de los días más aciagos de nuestra historia reciente, decorado con los coloridos dibujos de Silvestre, Piolín y el Demonio de Tasmania. No me digáis que Berlanga no lo aprobaría.