Cementerio Británico de Madrid: paz con mucha historia en medio de la ciudad

Hace 20 años, jamás se me habría ocurrido ir a un cementerio a pasar la mañana.

La imagen que tenía en la cabeza era la de un lugar lúgubre y triste al que sólo se iba para enterrar a seres queridos, limpiar sus lápidas y cambiar las flores. Tras algunos viajes más allá de nuestras fronteras, comprobé que las necrópolis son paradas casi obligatorias en capitales como Londres o París, y no sólo por acoger a fallecidos célebres –la tumba de Jim Morrison, cantante de The Doors, es un lugar de peregrinaje en el Père Lachaise parisino–, sino por aportar algo de paz también a los vivos. Y aunque sigo sin verme dando un paseo por la Almudena (donde el Mausoleo de la familia Flores tiene sus adeptos, oiga), Madrid esconde un rincón que permite vivir esa experiencia no estrictamente religiosa: el Cementerio Británico

Y digo “se esconde” porque, a pesar del colorido y la forma de sus muros, su entrada puede pasar desapercibida al subir la calle Comandante Fontanes, en pleno barrio de Carabanchel, si no se alza la mirada para ver el escudo y el discreto rótulo “British Cemetery”. A ello se suma su reducido horario de visitas, por lo que, normalmente, la puerta estará cerrada. Y se dan indicaciones desde la calle General Ricardos, que conste, pero quién diría que entre tanto bloque de viviendas y la algarabía de los alumnos del Colegio Lope de Vega de fondo resiste este pequeño testigo del desarrollo industrial de la ciudad.

Tumba de Arthur Thorold, la más antigua del cementerio. Foto: Beatriz H. Viloria

Construido en 1854, está bordeado por las calles Inglaterra e Irlanda –y a unos metros queda la calle Escocia–, donde resisten las casas bajas de principios del siglo XX que ocuparon los sirvientes de la familia Odiaga, propietaria de parte de los terrenos de lo que era la huerta de San Isidro. La industrialización había llegado a la capital, y con ella un aluvión de empresarios, ingenieros, arquitectos, etc. y sus familiares llegados de Reino Unido. Una creciente población británica protestante empezó a necesitar un lugar para enterramientos, no permitidos en los cementerios católicos. El 10 de febrero de 1854 ya se produjo el primero, el del joven de 19 años Arthur Thorold, protegido por la espada Excalibur tallada en su sepultura. 

Más de 150 años después, este camposanto sigue velando por el eterno descanso de más de 1.000 almas de distintas confesiones; a principios del pasado siglo abrió sus puertas a ortodoxos, judíos o luteranos, y hoy alberga más de 40 nacionalidades diferentes (incluso una lápida musulmana, oculta tras una puerta). Y hace poco más de una década, abrió su puerta a las visitas. 

Su aparición en una guía de Madrid suscitó el interés por el lugar, su historia y sus conocidos inquilinos. Entre ellos figuran la familia Loewe, el fundador del histórico restaurante Lhardy o Margarita Kearny Taylor, dueña de Embassy, famoso salón de té convertido en punto de encuentro para espías. No es de extrañar que haya sido descrito muchas veces como “lugar de descanso de la aristocracia extranjera”, al albergar también el imponente mausoleo de los banqueros Bauer o la inquietante sepultura masónica de los Tertsch (sí, ese Tertsch). La cultura también descansa aquí: William Parish, director del Circo Price –por cuyo centenario se organizaron unas visitas creativas–, la célebre bailarina de danza oriental Dalilah y Charles Clifford, fotógrafo indispensable de la España de finales del siglo XIX y uno de los fundadores del cementerio, cuya lápida cuelga en el pasillo de entrada, pues se desconoce la localización exacta de su sepultura. 

Tumba de William Parish, quien director del Circo Price. Foto: Beatriz H. Viloria

Sin embargo, buena parte de sus hectáreas la pueblan sencillas lápidas con sentidas y extensas dedicatorias a padres, madres, esposos y, como era habitual en la época, muchos niños. 

Losas que han sucumbido al paso del tiempo y parecen brotar de la tierra comparten espacio con tumbas de las que aún cuidan los familiares, que van desapareciendo (y se van desentendiendo). Y es que llama la atención (y se agradece) que este peculiar rincón de Madrid haya conseguido sobrevivir hasta hoy. De las familias fundadoras apenas quedan descendientes y el movimiento funerario ha caído de manera considerable, pero las donaciones y la labor del Comité, encabezado por el Consulado Británico, lo mantienen en el mapa. 

Dentro de ese comité destaca la figura de David J. Butler, la cara (viva) más visible del cementerio y encargado de mantener viva la memoria de todos los que ahí descansan. Este británico octogenario normalmente estaría recibiendo a los curiosos para una de sus visitas guiadas, canceladas con motivo de la pandemia (y con ellas, una de sus fuentes de ingresos para el mantenimiento del lugar). Mientras tanto, Julio, el actual conserje, responde a preguntas, cuenta curiosidades y asegura que se está trabajando para retomar los recorridos de manera virtual.

En un día nuboso de noviembre, este pequeño terreno tapiado de Carabanchel parece un trocito de Reino Unido en Madrid. Los árboles y el musgo tiñen de verde las lápidas, hay flores frescas por el reciente Día de Todos los Santos y en las sepulturas de los caídos en combate asoman las características amapolas que lucen los británicos cada 11 de noviembre. En verano, no será lo mismo, pero seguirá pareciendo un jardín, con sus bancos dedicados (tradición anglosajona) que invitan a sentarse a meditar, leer o, simplemente, disfrutar del silencio. Julio lo resume perfectamente con esta frase “Transmite paz, no pena”.