Dionisos: Un rinconcito entre el Egeo y el Mediterráneo

“¡Jroña que jroña!”. Allá por los principios de los 2000 una abuelita salía indignada a la puerta de su casa a quejarse -y con razón- del expolio que se llevaba perpetrando durante cientos de años en su querida patria. Si visitáis el British Museum de Londres seguramente encontraréis más vestigios de la Antigua Grecia que a veinte kilómetros a la redonda del Acrópolis de Atenas. Ni qué hablar del legado ancestral que nos dejaron sus amantes del conocimiento, sus leyendas de héroes trágicos y dioses impúdicos, y la ya tan manoseada democracia. Sin embargo, puestos a subir un poco más esta deuda incalculable, yo me traería un trocito de su cocina más callejera.

Aquí somos del aperitivo, la tapita con la caña, el descanso para el café o el tercer tiempo en el bar de enfrente. Pero si algo añoro de nuestros vecinos mediterráneos es su arte del comer atemporal: sin horarios, sin excusas, sin más dedicación que el cuidado del buche y sus repentinos antojos. Es cierto que el bocata brilla en nuestro panorama gastronómico, bien sea para acompañar una fría tarde sin goles en el Metropolitano o para aplacar el hambre en la montaña que has ido a “subir” con tus colegas. Pero si en Roma me postré ante el tradicional panino y su versatilidad, en Atenas caí prendido de su clásico gyros y su contundente sabor. Más o menos hasta que el cuerpo dijo basta. En parte, porque se tornó en hábito, en otro orden de cosas que no voy a detallar aquí, porque al día siguiente subía una montaña con cierta “jaqueca”.

Hace unas Navidades menos aciagas que estas, me topé con un sitio que me reencontraba con ese cucurucho de pan de pita relleno de carne de cerdo asada, cebolla, tomate, tzatziki (la mítica salsa de pepino y yogur) y, de vez en cuando, patatas, llamado gyros. En realidad, el nombre “gyros” se refiere a la carne en sí, pero como ocurre con el kebab, una vez se ha internacionalizado tanto el plato, casi por una suerte de cariñosa inercia, el continente pasa a robarle el nombre al contenido. El caso es que me encontraba paseando por la calle de Las Letras, cuando aún no era un hervidero de gente maravillada por las luces de la alegría y el capitalismo, y descubrí un lugar llamado Dionisos: Greek Restaurants. Y con él, un inesperado y auténtico gyros que me iba a acompañar aquella tarde de diciembre y que llevaba echando de menos desde mi visita, hace exactamente tres años, a la capital helena.

Junto a este de Huertas, en la Calle de Augusto Figueroa 8 (Chueca) se encuentra el otro Dionisos de la ciudad: un restaurante que aúna la esencia de la cocina griega, respetando la autenticidad en sus elaboraciones y conservando la frescura de sus productos de tierra y mar. A él acudí no para reencontrarme con viejos amigos de viaje, sino para profundizar un poco más en la gastronomía griega. Tanto es así que esta vez no pedí ni gyros, ni moussaka, ni su tan clásico yogur griego. Ahora bien, el queso feta y el pan de pita no faltaron a la cita.

He de decir que a pesar de haber estado investigando qué platos elegir -cada uno de ellos tiene el nombre de un villano del Zelda-, cuando vas de nuevas a un sitio siempre te puede sorprender; pero en este caso fue para bien. Los hilopites (tagliatelle con tomate, queso feta, orégano y, cómo no, aceite de oliva) es un plato nada pesado que combina a la perfección esos sabores tan característicos del Mediterráneo. Las clásicas albóndigas griegas, conocidas como feftedakia, sin ser nada exóticas, están muy buenas. Y el mosaikó, que en la carta figura como un brownie de galleta, sin acercarse demasiado en apariencia, al mezclar su suculento sabor con el helado de vainilla que le acompaña, la verdad es que se asemeja bastante a un buen brownie bien original. Que, ojo, no todos los brownies son brownies, ni todos los brownies están buenos.

También probé el hummus, que sin ser de mis favoritos (el mejor lo vais a tomar en Granada) estaba rico y funcionaba todavía mejor con el pan de pita calentito que te traen a la mesa; y la karidopita, que me gustó menos, pero es muy probable que se deba a que no soy ningún fan del almíbar, quizás por esa criptonita llamada canela. Seguramente, si tuviera que quedarme con el plato que más me sorprendió, sería el giouvetsi: un guiso tradicional con forma de lasaña (por su techo gratinado) compuesto por pasta de orzo, salsa de tomate, ternera, calabacín y queso feta. Te lo comerás aunque te quemes en el intento.

Tienen un menú pita para llevar, al menos en el local de la Calle de León 17 (Huertas), que merece la pena probar y una amplia oferta vegetariana en carta. La variedad de sabores, algunos con gran influencia, como ellos mismos comentan, de la cocina turca, se nota al instante. El espacio no es muy amplio pero su ambiente, entre blancas paredes, botellas de mythos y fotografías de la Plaza Síntagma, te trasladan a un rinconcito muy acogedor entre el Egeo y el Mediterráneo. Hasta la música es de denominación de origen, aunque tardes en darte cuenta -os juro que hay por ahí un Pablo Alborán griego-.

Lo peor: al contrario que con el menú del día, si vas por carta, llenarte te supondrá un desembolso considerable. Tampoco lanzamos los platos al suelo al terminar, pero dudo cuánto de mito hay en este acto o cuánto dinero se dejan en reponer la vajilla los griegos.

Lo mejor: con el menú comes a un precio muy asequible y la variedad de platos que puedes probar si compartes alguno de sus clásicos mezedes es un aspecto muy a tener en cuenta en este tipo de elaboraciones.

Precio medio: 15-20€