Editorial La Felguera: “Si tú coges todos los libros que hemos publicado y los unes, ahí tienes una especie de autobiografía nuestra”

La Felguera es una de las editoriales más atípicas y sorprendentes que tenemos en el mercado del libro en la actualidad. De la acción cultural, o, mejor dicho, contra cultural, a la sociedad secreta, llevan más de quince años editando libros auténticamente reveladores, sacando misterios a la luz. Pero, que no os engañen mis palabras, no se tratan de libros sobre ocultismo o ilusionismo, sino del underground de nuestra historia y el vandalismo ilustrado.

Junto a sus entregas periódicas de Agente Provocador, una suerte de coleccionable temático que una vez lo abres es como si te diera la bienvenida a una realidad paralela u olvidada, La Felguera edita libros únicos, como su último lanzamiento, la revisión, prologada y anotada, de ‘Ruta emocional de Madrid’, el libro del escritor y último de los bohemios de la capital Emilio Carrere. Hoy hablamos con Servando Rocha, editor y uno de los artífices de que tengamos este libro en nuestras manos, sobre la figura de Carrere, la trayectoria de La Felguera y que aunque haya cambiado significativamente Madrid en el último siglo, aún se notan la huella de sus poetas y artistas del pasado.

Más de quince años como editorial sacando a la luz misterios, reeditando clásicos olvidados y publicando tratados absolutamente sorprendentes. ¿Cómo nace la idea de crear esta editorial – sociedad secreta?

Sí que llevamos como quince años, lo que pasa es que la historia es un poco más compleja porque empezamos en 1996. O sea, imagínate, Kurt Cobain había muerto dos años antes, ¡no había móviles prácticamente! (risas). Nosotros lo que nunca pensamos, aunque pareciera obvio era que todos los saberes, digamos, toda nuestra experiencia como colectivo de agitación que fuimos durante muchísimos años, antes de constituirnos de forma pomposa como sociedad secreta éramos un colectivo de trabajadores culturales, y ahí hay un libro pendiente que algún día publicaremos, pues hicimos mogollón de acciones en la calle, interrupciones de museos, sabotajes artístico… Estábamos muy influenciados por todas las vanguardias artísticas, pues todo eso cuando, de pronto, en torno al año 2009 o 2010, aunque habíamos sacado algún libro, pero, vamos, que no nos considerábamos como editores, pues cuando entonces nos disolvimos, que hubo, por supuesto, su comunicado de disolución, como buena organización, teníamos incluso comités, uno en Berlín, que era una persona, obviamente, otra persona en Bilbao, en Madrid, en Barcelona, en Tenerife… (risas). Y entonces decidimos que queríamos dedicarnos simplemente a editar y a publicar libros. Es verdad que ahora estamos muy orgullosos de lo que hacemos, antes también, pero ha costado muchísimos años poder publicar como publicamos y haber cumplido el sueño de publicar a, en el caso mío, a mis héroes: Alan Moore, William Burroughs… Por eso es un sueño hecho realidad, pero muchas veces no somos conscientes de lo que somos en el presente es el resultado de los saberes y nuestra experiencia del pasado, y esto, aunque parezca muy obvio, muchas veces se desdeña. Nuestras presentaciones son muchas veces en lugares insólitos o rutas urbanas nocturnas, pues todo eso viene de aquellos años en que nos interesaba todo lo que tenía que ver con la agitación secreta, con el territorio, con la psicogeografía, con la ciudad invisible, y en el caso de Madrid con más razón.

Decías que antes ya habíais publicado algún que otro libro, ¿pero ¿cuál consideras que fue el primero de La Felguera como editorial?

La Felguera editorial desde el número uno, lo que pasa es que yo creo que hubo un punto de inflexión, por un lado, al incorporar a Mario Riviere, que es nuestro ilustrador estrella, el que hace los diseños de casi todos los libros, y haber podido publicar el primero de los libros de Alan Moore, el de ‘Ángeles fósiles’. También, claro, cuando de pronto tienes la posibilidad de publicar a Alan Moore que es como si tuvieras un pequeño sello y, de repente, Metallica te dijera “publícame un disco”, pues entonces yo creo que había que hacerlo en tapa dura, y nunca habíamos publicado en tapa dura. Yo creo que ese fue un salto cualitativo y un punto de inflexión, aparte de otros libros que ya antes habíamos publicado, hablo, por ejemplo, de ‘La facción caníbal’, un libro mío.

Sí, ese le leí cuando salió y me pareció impresionante, desde el tema a cómo era en sí.

Ay, joder, me encanta (risas). Y yo creo que ese fue el momento, aparte que entonces un poco te lo vas creyendo, y me olvido de una cosa fundamental, nosotros tuvimos la gran fortuna de entrar en UDL, que es nuestra distribuidora comercial. En ese momento vivía Javier Cambronero, que era el fundador, y había una puerta que se habría, una posibilidad, y siempre estaremos súper agradecidos a Cambronero que nos permitió entrar ahí. Hoy en día es muy complicado, en España el mundo de la edición el gran problema que tiene es que, vosotros lo sabréis, es la distribución. Hay mogollón de propuestas interesantes, pero o eres muy grande o eres muy pequeño y no logras tener esa visibilidad. UDL confió en nosotros, que éramos entonces una editorial muy pequeñita y nos dio esa posibilidad de llegar a un público grande.         

Y yendo un poco más atrás en el tiempo, ¿recordáis cuál fue la primera historia o suceso que despertó vuestro interés en lo oculto de las ciudades y la cultura más underground?

Si tú coges todos los libros que hemos publicado y los unes, ahí tienes una especie de autobiografía nuestra. Yo creo que cuando estás en la literatura, por un lado, estás en el medio del arte, de los artistas, que es una cosa bastante aberrante, porque tiene un ego que no les cabe dentro, y eso que soy escritor; pero, por otro lado, también creo que se sobredimensiona la capacidad iluminadora y transformadora de los libros, esa historia de que los libros te hacen libre. Eso no es real, y, además, en este país tenemos una visión del enemigo, digamos, por ejemplo, de la cultura falangista, que es muy leída también, que no tiene nada que ver con la cultura, digamos. Yo creo que los libros son puertas que se abren y te muestran cosas, tú entras y en ese espacio haces. Es una herramienta, un ariete, una especie de navaja multiusos con la que puedes hacer muchas cosas. Yo creo que el que tenga muy buen ojo ve una continuidad, cada libro despierta el interés del otro. Por ejemplo, nosotros hubo un momento y de nuestro público inicial mucha gente se quedó por el camino, otros se han sumado, afortunadamente cada vez es más gente la que nos sigue, en que cuando aparece el elemento mágico, el ocultismo, se sorprende. Poco a poco eso va teniendo una presencia, aunque nosotros tenemos claro que no somos una editorial ocultista ni nada por el estilo, y nuestro planning lo medimos al milímetro para sumar, no para restar público, al igual que nuestro discurso en las redes, que generalmente no somos voceros de opinión, para eso están Agente Provocador y los artículos, que realmente no se pronuncia tanto sobre el presente, sino que lo que intenta es dar luz sobre un pasado que en este país, por fortuna para aquellos que nos gusta investigar y estar en hemerotecas, es casi un territorio virgen, pero, por desgracia, aquí cuando llega la Transición hay un boom de muchísimas cosas que se editaron generalmente mal, no se prestó atención y ahora yo creo que estamos recuperando un poco el tiempo perdido.

Absolutamente, además creo que con el paso de los años y de vuestros lanzamientos, habéis ido abriendo puertas a ciertos aspectos o temas que tienen mucha relación entre un libro y el siguiente.

¡Claro! Por ejemplo, a nosotros nos encantan los libros de edición, no sólo traducciones, generalmente libros que no existen, los concibes y creas una obra original a partir de muchos materiales distintos. Es el caso de ‘Fuera de la ley’, que ha sido muy importante. O el de Pío Baroja, que, claro, es un escritor que a mí me fascina, pero es el típico escritor que… no sé cómo se dará en los institutos hoy en día (risas). Pero para nosotros Pío Baroja es un psicogeógrafo. Nos encanta la literatura situacionista, hablar de las derivas, de cosas muy sofisticadas, pero, de pronto, tienes a un personaje que va a París en el cambio de siglo, que se encuentra a Oscar Wilde, que en vez de ir al Senna a los lugares típicos que iría la clase intelectual, el tío se dedica a ir a los arrabales, a sitios peligrosos, y no como Pérez Galdós, que escribió sobre una realidad española que cuando hablaba de las clases pobres, no las visitaba realmente, porque había que tener valor para meterte en, aquí en Madrid, por ejemplo, más allá del Manzanares, eso no era nada, y más allá de Tetuán la policía decía que ahí vivían los apaches. O sea, un territorio al que tú no ibas allí a pasear. Es como si te vas ahora a la Cañada Real a hacer turismo. Pero, de pronto, Pío Baroja se encuentra de esa manera. Por eso nosotros lo reivindicamos y la manera de presentarlo con una edición bonita, en tapa dura, reivindicando esa parte de flaneur con la que nosotros nos sentimos muy identificados. Ahora mismo Emilio Carrere también, un paseante en ese Madrid que todavía si viviésemos en Huelva haríamos lo mismo, pero en Madrid tenemos la gran fortuna que, joder, yo te estoy hablando desde Cava Alta, aquí en el Madrid de los Austrias, o sea, camino dos calles y tengo el Viaducto de Segovia, sigo abajo y tengo los lugares de Baroja. Ahora mismo desde aquí estoy viendo los lugares de Emilio Carrere, tengo una gran fortuna de vivir donde vivo.

Emilio Carrere, autor de la ‘Ruta emocional de Madrid’, libro que ahora reeditáis, haciendo especial homenaje a su primera edición, fechada en 1935, es muy sorprendente porque es una guía de la ciudad, o antiguía, en formato poema.

Claro, es que cuando ideamos reeditarlo, hará un año o así, vimos que, si lo dejabas tal y como está, sin notas al pie, sin un prólogo, la inmensa mayoría es un Madrid casi desaparecido. Si lo dejas así, el 80% de los lectores no van a saber qué tipo de hechos… por eso te digo que muchas veces los libros, y a veces al revés, que hay libros que inicialmente una obra te apetece publicarla, pero, de pronto, le falta algo. Dijimos “hay que transformar “Ruta emocional” en una guía o una antiguía, por medio de una edición anotada, acompañarlo de imágenes, hacerle un prólogo contando toda la historia, que es increíble, de Carrere…

No la conocía y me dejó alucinado.

Es fascinante. Joder, la parte final (risas). Escondido en el manicomio esperando que lo liquiden… Entonces es eso, entregas a la gente una obra que, aquí en Madrid, puedes pasear con ella, con el libro en la mano e ir a los sitios, que todavía están ahí.

¿Cuáles consideras que han sido los principales cambios en Madrid desde la época en que se publicó la anti guía de Carrere?

Pues mira, hay una zona en la que, además yo suelo ir mucho por ahí, me da que tú paras mucho por Malasaña. Pues si tú vas a la calle San Bernardo, por ejemplo, y te pones a mirar, ahí estaba la Universidad, la universidad antigua, pero antes, por elegir uno porque… Además, Madrid tiene una peculiaridad muy curiosa, porque tú vas a París o a Londres y los barrios bajos, los bajos fondos están muy delimitados y no están en el centro, pero Madrid tiene esa peculiaridad. Ni siquiera Barcelona, que, salvo el barrio chino, a principios del siglo pasado todo fue organizado de forma paralela, por eso son avenidas inmensas, que es un poco la ciudad moderna. Pero Madrid tiene una cosa es como muy caótica que a mí me encanta, que es que tú estás en la Puerta del Sol y caminas dos pasos y estás en la calle Montera y la calle Jardín, donde está la sala El Sol, ahí, además, hay un restaurante peruano donde estaba el Café de la Marina, que era un café donde la gente acababa a tiros ahí, era un café de lo peor y, de hecho, todavía el significado del territorio, que eso es fascinante, se mantiene a lo largo del tiempo. Tú podrás cambiar los edificios, tirarlos, pero hay algo ahí, una pulsión de negatividad quizás, que se ve perfectamente en la calle Montera que sigue atrayendo algo oscuro. Y, claro, estás en la Puerta del Sol y caminas dos pasos y estás en Lavapiés. Lavapiés era el trampolín para gente que venía a principios de siglo y en la posguerra a Madrid. Porque estar en Lavapiés era un sitio de pobretería, pero tampoco era el arrabal, pero si empezabas a bajar Lavapiés para abajo, lo que son las rondas, llegas a las Peñuelas… Eso ya era el fin del mundo prácticamente. O sea, que estaba muy cerca. Por eso hay una frase de Pío Baroja que me encanta, que, no sé la cita exactamente, pero dice como que en Madrid pasabas de la luz a la oscuridad en unas cuantas calles, y eso es fascinante. Pero si me has preguntado por algún cambio arquitectónico, la creación de la Gran Vía, porque según se iba creando la Gran Vía, que termina en los años veinte, iba destruyendo barrios enteros. De hecho, es genial, si pones en Internet “la evolución de la Gran Vía”, puedes verlo.

Sí, he visto fotos de cómo era entonces, por ejemplo, la Puerta del Sol, y totalmente diferente.

Joder, te ves los edificios y arrasaron todo. Ahí arrasaron con la acera ancha de San Bernardo, que si tú vas a Malasaña y te pones en la calle de San Bernardo, todo lo que va desde la calle de San Bernardo hasta la Plaza de los Mostenses, que todavía notas algo, porque si te metes por la calle, por ejemplo, Antonio Grillo ves que son callejuelas un poco oscuras, un poco lúgubres, es lo que queda de lo que en su día era un laberinto de calles donde había librerías de viejo, cafés cantantes, sitios de mal vivir… Baroja lo define muy bien con “escaparates de objetos imposibles”. Carrere también estaba fascinado, porque además él estaba en la universidad y le gustaban los billares, iba, por ejemplo, a la Plaza de la Luna, allí había billares, cafés… Esa zona yo creo que es importante, tanto en Baroja como en Carrere.

Es muy curioso, porque, cierto, estás en la Gran Vía, que es todo tiendas, negocios muy grandes y ampulosos, y a dos calles estás en Malasaña.

A dos calles, exactamente.

Que se habrá modernizado mucho, pero no deja de ser otro mundo muy distinto.

¡Totalmente! Y es que, por eso la frase esa de “el mapa no es el territorio”. El territorio tiene una fuerza ahí secreta que sigue operando, tú notas cosas en ciertas zonas. Ayer estuve por los Austrias, aquí al lado, por la calle Sacramento, al lado de la Plaza Mayor. Tú vas por esas callejuelas, donde está el ayuntamiento, por la calle del Codo, calle del Biombo, Puñonrostro, fabuloso nombre de calle, y caminas como por el atardecer, a partir de las seis de la tarde, que es cuando está anocheciendo, aunque el momento bueno sería de madrugada, y todavía notas eso. Mi Madrid siempre ha sido así. Yo llegué en 1991 y recuerdo que iba mucho a Madrid Rock, donde se ponían los heavys en Gran Vía, e iba ahí a robar CDs, había un saqueo brutal, tío, yo creo que jamás me compré un CD (risas). Y luego quedaba con alguien en Chueca y era ir a otro mundo. Chueca era un sitio de drogadicción. La Plaza de Chueca, ahí entraban los coches, bajaban las ventanillas y te decían si tenías heroína, y tú flipabas. Claro, entonces nos parecía mucha distancia, igual que irte a vivir a Vallecas era como irte a vivir a otra ciudad.

Leyendo el prólogo da la impresión de que Carrere fue un bohemio fuera de su tiempo, entre dos épocas. ¿Es así?

Sí, además eso lo he discutido mucho con su nieta, con Paloma Carrere, que el otro día estuve en su casa y le encantó el libro. Ya nada más abrir las puertas ya estaba pidiéndole “objetos fetiches, por favor, enséñame cosas de tu abuelo” (risas). Es que Carrere tiene una ambigüedad muy interesante, porque de los primeros fue Alejandro Sawa y demás, pero Emilio Carrere es de los primeros bohemios y también el último, pero, a la vez, también era “anti bohemio”, detestaba a los bohemios. Detestaba la modernidad. Me contó una anécdota, y lo puse en el prólogo, creo, Paloma me decía que su abuelo se compró un coche porque le tocó la lotería, por eso le criticaban otros, le tocó la lotería, pero se la fundió en nada (risas). Claro, no tenía ningún tipo de orden ni de disciplina, era un señor que iba por la noche con unos cuadernos ajados y tapa de terciopelo a escribir a sitios de mala muerte. O sea, vivía por la noche, tenía una ensoñación muy particular del mundo y, claro, se compró un coche, lo intentó utilizar, no sabía conducir y lo dejó ahí tirado (risas). Pero claro, el muere en 1947, pero yo creo que hay ahí una muerte para él cuando llega la Guerra Civil.

Sí, al menos una muerte más intelectual, ¿no?

Totalmente, escribió poemas, bueno, porque no lo puse, pero… que también es una época súper interesante, yo también estoy escribiendo sobre eso, sobre la inmediata posguerra de Madrid. ¿Cómo era vivir en Madrid con el fascismo instalado? Porque, de pronto, Carrere escribe poemas donde hay uno dedicado a Hitler. Claro, y, encima, son poemas malísimos. Tú los lees y dices “esto no es propio de Carrere”. Que a lo mejor lo hizo porque, claro, ¿cómo era la supervivencia aquí? O te retractabas o publicabas algo donde ya no tuvieran dudas de tu adscripción al Régimen o te condenaban a la cárcel o a la miseria a ti y a tu familia. A mí hay un momento que me encanta que es el encuentro de Eduardo Haro Tecglen, que era súper chavalillo, se lo encuentra en el momento ese, que también me encanta, de abolir la noche. El Franquismo coge y dice que cierran, tampoco era tan temprano, a la una y media, y, de pronto, Eduardo Haro Tecglen, que tendría veinte o veintiún años, hablando con Carrere, un hombre ya anciano, una eminencia, dicen que cogían el último metro y me los imagino a los dos, el más joven alzando un poco más la voz y diciendo “¡pero el Franquismo…!” y él “calla, calla, ¿no te das cuente?”. Bueno, más que una muerte hay una imposibilidad de la bohemia cuando termina la Guerra Civil. El Café Pombo de Gómez de la Serna siguió, por ejemplo, funcionando muy pocos años después, pero eso ya era otro, no tenía nada que ver. La gente del Madrid fascinante o estaban en la cárcel o habían huido o habían muerto.

Frente a Pío Baroja o Ramón María del Valle – Inclán, ambos también cronistas de Madrid, contemporáneos suyos, y recuperados sus paseos literarios en vuestro catálogo, Carrere no ha tenido tanta trascendencia como ellos para un público general. ¿A qué creéis que se debe este desconocimiento?

A Carrere se le empieza a reivindicar en los últimos años a partir de ‘La torre de los siete jorobados’, y a partir, sobre todo, de la película de Edgar Neville. La obra de Carrere es inmensa. El otro día, cuando visité a Paloma Carrere, le dejé caer “mira, ya hablaremos, pero sería genial una antología con sus artículos en prensa”, pues escribió sobre los barrios de Madrid en muchísimos artículos, y entonces me dijo que ella tiene localizados cerca de mil. Aparte que él escribió una cantidad de libros de poesía impresionantes, luego también folletines con pequeños relatos… La obra de Carrere es tan inmensa que es muy complicado, aparte que cuando muere su funeral es muy multitudinario, pero el Régimen no lo reconoce como un bohemio, sino como el cronista oficial de la Villa, porque lo fue. En cambio, Pío Baroja estuvo pisando entre dos mundos. Él tiene que huir a París, pero luego regresa a España, y tiene también un libro, que, de hecho, el otro día me lo regalaron, y es el de ‘Judíos, comunistas y demás ralea’, el libro maldito de Pío Baroja, porque es una antología que se lo prologa Jiménez Caballero, el falangista más excéntrico de todos, y lo que viene a decir es que Pío Baroja es un creador del fascismo. Claro, en una obra tan extensa, coges esos artículos, le metes un prólogo tendencioso y ya eso se convierte en lo que quieras. Pío Baroja, de hecho, nunca reivindicó eso ni leyó el prólogo. Es curioso, pues a él le dicen que tiene que ir a Salamanca, creo que era la inauguración de una academia, no me acuerdo muy bien, pero era una universidad donde estaban todos los intelectuales que estaban en el exilio y vuelven. Entonces él se queda pálido cuando le dicen que tiene que ir allí y jurar fidelidad al Franquismo. Le dicen la frase que tiene que decir, dice que él vive en el País Vasco y no va, pero sus amigos y familia le dicen que si no va esto va a ser considerado por el Franquismo como una ofensa y van a ir a por ti. El tío decide ir y, no se conservan fotos, que yo sepa, pero se conserva la crónica de lo que sucedió, entonces todos se iban levantando, hacían el saludo fascista y decían “fidelidad al Franquismo y a la España imperial…”, y cuando llega el turno a Pío Baroja, primero no se levanta, parece que alguien le grita “¡que se levante, coño!”, y luego, cuando se levanta, no levanta el brazo y le dicen la frase que tiene que decir y él responde con “pues yo, lo que sea costumbre”. Intentaba culebrear para escapar de eso (risas). Pero Pío Baroja se le reivindica durante el Franquismo también, porque era el escritor que, si tú eras joven y te interesabas un poco por aquella generación, vivía ahí solitario, paseaba por el Retiro todavía, pero, en cambio, Emilio Carrere yo creo que durante décadas fue un poco oscurecido. Se reivindica sobre todo por la reedición de Valdemar de ‘La torre de los siete jorobados’, la película de Edgar Neville y ahora, esperemos, que se recuperen más obras todavía y la gente se anime a publicarlo y a leerlo.

Y, para terminar, uno de vuestros lanzamientos más populares, del cual me considero fan y seguidor, es la revista Agente Provocador. Esta segunda época ha comenzado fuerte, con un número centrado en el Madrid bohemio y un segundo en toda la rumorología acerca del temor a que, a comienzos del siglo pasado, el asesino Jack el Destripador se ocultase en nuestro país.

Muchas gracias, y, bueno, ¿sabes que vamos a hacer un concurso urbano? Espero verte, a ver si te puedes pasar, el sábado 10 en Molar. ¡Así te saludo!

Justo eso también quería comentarte, que antes hacíais estas rutas presentando los libros y ahora, por la pandemia, evidentemente, las rutas han pasado a ser en vídeo.

(Risas) Claro, lo de grabarnos fue una manera de, mira, si no podemos hacerlo, que nos encantaba, lo grabamos en vídeo o nos inventamos este tipo de juegos urbanos un poco singulares.

¿Podéis adelantarnos o darnos alguna pista de por dónde irán los próximos números de Agente Provocador?

Sí, lo estamos preparando ya, y creo que te va a gustar. Va a ser una guía de cementerios ocultos. La idea es que se puede pasear por la ciudad siguiendo el rastro de los ríos y los arroyos desaparecidos. Por ejemplo, en Madrid hubo un arroyo muy famoso que se llamaba el Arroyo de Abroñigal, que lo cruzaba prácticamente todo. Y uno de los grandes psicogeógrafos, de mis escritores favoritos, es Iain Sinclair, inglés, el padre espiritual de Alan Moore. Él tiene un libro maravilloso que se llama ‘Los ríos perdidos de Londres’, que te lo recomiendo. De hecho, yo tuve la oportunidad de conocerle cuando vino a Madrid y le presenté en La Casa Encendida, estuve paseando con él por Lavapiés e íbamos por un solar y, de repente, se paraba, me miraba y decía “aquí están las ruinas…” (risas). Pues joder, si te gusta todo el mundo de la psicogeografía, la ciudad y demás, tienes que hacerte con este libro, ‘Los ríos perdidos de Londres’, aparte que viene un texto dedicado a William Blake. Ahí cuenta que el tío contacta con un zahorí para que le guíe por los arroyos perdidos de Hackney, en Londres. Entonces el tío va al lado de un zahorí y le va indicando por dónde está el río por debajo de sus pies. Sí, mola. Entonces esa idea fue pensar que se podría hacer lo mismo con los cementerios desaparecidos, porque realmente vivimos sobre tumbas. A principios de siglo había gente que vivía incluso dentro de cementerios, bueno, está la gran anécdota de Carrere metido en un panteón y, de pronto, se encuentra al otro, a su amigo El Caballero Audaz (risas). Muchísimos edificios de Madrid están construidos sobre tumbas, sobre cadáveres, entonces la idea sería crear un mapa de Barcelona, que se está encargando Javier Calvo, y otro de Madrid, que lo estoy haciendo yo, y también intentar otras ciudades, para poder pasear o imaginarse esa ciudad oculta bajo nuestros pies.