‘Los caminos de la mirada’: La exposición de Paula Varona en El Retiro

De una luz sólida y, a la vez, cristalina, se desprenden las vidas y geometrías que articulan las ciudades por las que ha paseado Paula Varona. Su obra, ‘Los caminos de la mirada’, se exhibe del 2 al 27 de diciembre en la Casa de Vacas del Parque del Buen Retiro. Una cita cultural imprescindible para los amantes de la pintura que presenta un recorrido por las calles y los museos de Londres, Nueva York o Madrid, donde se retrata la intimidad que surge del coloquio con los grandes clásicos del arte pictórico y aquella que se esconde entre las gentes que transitan en las mañanas de invierno y los edificios que rascan un cielo de sobremesa.

La serie, compuesta por un total de cincuenta óleos, funciona como un manantial delicado y desbocado, que traspasa al que mira, que le empapa al que observa, casi rezagado, incitándole a formar parte del arte, sin haberse percatado nunca antes de tenerlo tan de su lado. Porque existe un diálogo meta-artístico que invita al público a colgarse un pase vip y experimentar con aquello que ocurre al otro lado del lienzo. Un paseo por amplias y reconocibles salas, despojadas esta vez de herencias elitistas y burocráticas, donde uno puede trasportarse a los jardines inescrutables de la humanidad -precioso homenaje hipersensorial a El Bosco- o, tal vez, charlar con la familia de Felipe IV.

Pero no sólo practicamos la introspección entre los cuadros del Prado y las piscinas de David Hockney, en la obra de Varona también hay intimidad entre los rascacielos y las gabardinas más raudas, entre el tráfico de la gran ciudad y las siluetas diminutas que componen el trasiego de la Plaza del Callao; o que conforman los espacios, dibujados sobre invisibles perspectivas, en los que habitan vidas de esas que pululaban sin distancia social. La vida como sucedía antes se asoma a ras de suelo o a vista de pájaro para darnos una postal transparente de Madrid.

En esta exposición, hasta los colores cuentan historias sobre ese ente de asfalto y neoclasicismo que es Madrid. Pero, si un elemento está dotado de personalidad aquí, esa es la luz: cuando se encienden las calles, los cuadros de la pintora malagueña nos recuerdan a la noche americana; cuando la autora pinta con ella, se presenta la hora más soñada; esa en la que descubrimos autómatas bronceados y paraguas rojos sobre las alturas. Esa en la que lo cotidiano se funde con lo extraordinario, para dar paso al arte.