Entrevista a Daniel Remón: “La escritura es como una resistencia”

Al fondo de mi escritorio me observa de perfil un cocodrilo. No, un caimán. Se asemeja a un monstruo. Intimidante. Cuyo nombre impronunciable recuerda al dialecto que empleaban los inmortales de Borges. Pero yo acabo de devorar las páginas que custodia y ya no me aterra lo que hay tras su máscara. Existe, incluso, una especie de cordialidad.

Daniel Remón, ganador de un Goya junto a su hermano Pablo y al director Benito Zambrano por su guion adaptado de la novela de Jesús Carrasco Jaramillo, Intemperie, -esto de tener en consideración a los autores y autoras, también se encuentra en su libro- acaba de publicar su primera novela, Literatura. Una obra emocionante que es, a la vez, un cuento fascinante y una autobiografía visceral. En ella no sólo se ofrece un magnífico ejercicio sobre cómo armar una historia a través de los ingredientes que uno tiene a su alcance -o, en este caso, los que le ofrece la inocencia de un niño pequeño-, sino que también propone un viaje de forma brillante entre dos mundos, y dos lenguajes. Aquel que es apto para un niño que pide cuentos; el de los susurros y analogías. Y el de la realidad de los mayores, que no es ni mejor ni más válido, simplemente está más decolorado. Aunque a veces, eso sí, adquiera la forma de las agradables y floridas calles de Lumberton.

Hablo con el autor por teléfono. Nos conocemos, él y yo, aunque de primeras lo desconozca. Tiene mucha culpa de que yo también piense antes en reptiles que en edificios. Pero eso, es otra historia. Enciendo la grabadora.

A veces hablamos de que el autor, el guionista, el artista, se nutre de la actualidad para contar algo nuevo, algo propio. Pasa constantemente y es una oportunidad. Sin embargo, en Literatura, tu novela, la pandemia está, pero ese relato queda relegado a un segundo plano. Es como si el autor, de alguna manera, también se resguardara en la escritura para escapar de su tiempo, de este otro monstruo invisible.

Sí. Bueno, la verdad es que yo no tenía ninguna intención de hablar de la pandemia, o sea, en ningún momento lo pensé, simplemente tuve ese tiempo extraño en el que todos estábamos aterrados en casa y decidí hablar de otras cosas. Lo que pasa es que llegó un momento en el que la pandemia era una realidad que no se podía obviar. Yo quería escribir un libro también muy poroso, que estuviera abierto a la realidad y que está escrito, al menos una parte del libro, un poco sobre la marcha. Entonces, de repente estaban pasando cosas que se me hacía raro no contar, pero tampoco quería, o sea… son las circunstancias en las que está escrito el libro, es un poco el paisaje de fondo. No quería hacer un libro sobre la pandemia, primero, porque no tengo los conocimientos y, segundo, porque estoy convencido de que iban a salir millones de libros, saldrán, siguen saliendo, que tengan eso en primer término.

Literatura es una novela y, a la vez, es un cuento “de encargo”, un thriller, una carta, una road movie. Si fuera una película, nos costaría clasificarla. ¿Cómo te gustaría que la recordara Teo, el protagonista de dentro y fuera del libro?

Pues es una buena pregunta. La verdad es que… no lo sé. El otro día me lo pregunté y es como, bueno, cuando tenga edad para leerlo no tengo ni idea qué pensará, ni cómo lo leerá. Pero me gusta eso que dices de que es una novela… al final creo que todos los libros son encargos, ¿no? Al final todo lo que hace uno son encargos, a veces de una televisión, a veces de una cadena o a veces de uno mismo, y en este caso es un encargo de mi sobrino. Pero bueno, siento que también es un encargo de mis padres y es un encargo mío propio. De algo que tenía, que llevaba mucho tiempo queriendo escribir. Y la verdad es que, no sé, creo que es difícil de clasificar porque toca muchos géneros y no tengo ni idea de cuál es el género que tiene más peso y… me gusta que sea un poco un objeto así más indefinido.

En el libro comentas que la portada que iba a ilustrar la novela iba a ser distinta, digamos, el aspecto real y transformado de un monstruo. Al final, el que preside la caratula es un caimán, apaciguado por una mano que le acaricia.

Sí. Sí, bueno, mientras lo escribía… primero como es mi primera novela yo no tenía ni idea, no sabía ni si se iba a publicar el libro ni con quién. O sea, no tenía la menor idea. Entonces sí tenía esa fantasía; pero bueno, que era más bien una broma, un juego, como de “bueno, si algún día publico el libro, me gustaría que apareciese esta imagen”, porque es una imagen real, es una imagen de un cuadro, ¿no? Pero luego en el proceso ni siquiera lo comentamos, porque yo tampoco… no pensé que fuera una buena idea después a posteriori. Bueno, y sobre todo es que ya te digo que mientras lo escribía yo no estaba pensando en ninguna editorial, estaba simplemente tratando de acabar el libro.

¿Cuál ha sido el monstruo al que más te ha costado enfrentarte en la novela?

La verdad es que en casi todas las entrevistas que estoy haciendo, y también hablando con la gente que lee el libro, la gente suele hacer mucho hincapié en la parte más autobiográfica, ¿no? En la parte en la que yo hablo de la muerte de mis padres y trato de comunicarme con mis padres y trato de hablarle a mi sobrino de mis padres. Pero, sin embargo, eso no ha sido lo más complicado. Porque creo que eso de alguna manera… había algunos textos ya escritos con anterioridad y, de alguna manera, es algo que yo había vivido que salió con cierta velocidad. Lo más complicado ha sido, más bien, armar el otro relato. Es decir, armar el relato fantástico: el relato de una maleta perdida, de un monstruo, lo que tú has dicho, una novela de carretera, mezclada con una novela de aventuras y, sobre todo, los cambios. Digamos, cambiar de ese tono a otro tono muy distinto, más confesional, en el que yo estoy haciendo una autobiografía. Hacer esos cambios de tono y tratar de que resulte orgánico, eso ha sido lo más complicado. 

¿Y el elemento impuesto por tu sobrino que más te ha costado introducir?

(Piensa) No sabría decirte. O sea… Bueno el… el monstruo, me costó el monstruo en sí mismo. Es decir, sin saber qué tipo de monstruo era, como de hecho lo cuento, ¿no? Cuento en la novela cómo me cuesta hablar de eso. Porque es verdad que, hemos visto todos tantos monstruos en las películas y en los libros, que pensaba, bueno, qué clase de monstruo es, cómo es físicamente, qué representa, etc. Todo eso quizá había sido lo más difícil.

Sí, porque la novela, al fin y al cabo, a veces es como un gran trampantojo y el monstruo no deja de ser como una forma de contarle a un niño que no todos los monstruos son como parecen ser.

¡Claro! Yo creo que al final… Pues eso. Y toda la literatura infantil, cuando habla de monstruos tampoco está hablando de monstruos literalmente, ¿no? Entonces creo que al final todos tenemos eso, todos tenemos cosas a las que nos da miedo enfrentarnos y de las que no queremos hablar, de las que tenemos que hablar de manera velada, o realidades que nos superan; y más ahora con todo lo que nos está pasando. Entonces, bueno, en el libro juego un poco a eso, a decir cómo podemos enfrentarnos a eso. Yo he crecido como enfrentando eso desde la fuga, no hablando de la muerte de mis padres, no hablando de muchas cosas. Y en el libro, por un lado, hay una fuga, una fuga de la realidad e irte a otro mundo para huir de algo que no sabes que te da miedo, seguramente, pero, por otro lado, creo que paradójicamente en esa fuga muchas veces encuentras maneras de enfrentarte a eso o hablar de este mundo que el resto le llamamos realidad.

En uno de tus cinco consejos para ser escritor dices algo con lo que Federico Fellini y su psicoanalista estarían muy de acuerdo: “sueña y acuérdate de lo que sueñas”. ¿Cuánto hay de terapia introspectiva en la escritura?

Creo que hay mucho. Primero, creo que, por un lado, la escritura, menos mal, es mucho más que un desahogo. Y creo que la escritura es mucho más que una sesión de psicoanálisis. O sea, cuando uno empieza a escribir, cuando yo empecé a escribir sí que era eso. Era como, “todo esto que quiero expresar y que no sé cómo hacerlo, lo voy a volcar”. La escritura es mucho más que eso. Pero sí que tiene para mí mucho que ver con el sueño, con el lenguaje de los sueños. Porque cuando uno sueña no está juzgando, cuando uno sueña está viviendo las cosas. Son cosas que muchas veces no tienen aparente sentido, en las que se rompe la linealidad, en las que el tiempo es otro. Bueno, y me parece que, evidentemente, hay mucha libertad en los sueños y, yo sí que intento muchas veces, cuando me despierto y estoy medio dormido todavía, anotar más o menos, o recordar mentalmente, lo que he soñado. Y luego a lo mejor no lo uso o a lo mejor lo usas dentro de diez años en un libro que no sabes ni cuál es todavía. Pero claro, ahí es un territorio muy fértil porque no hay filtros, entonces no tienes esa cosa tan cerebral de decir “bueno, no sé qué es…”. Muchas veces tendemos a sobreanalizar lo que estamos poniendo sobre el papel, creo. O a decir “vale, ¿esto qué significa?”. En los sueños es como más directo, y, además, apela a algo que es anterior al lenguaje. Genera muchas imágenes, apela a cosas muy profundas que podemos compartir muchos seres humanos.

La escritura, menos mal, es mucho más que un desahogo. Y creo que la escritura es mucho más que una sesión de psicoanálisis.

Daniel Remón

Si muchas veces, diría Hemingway, una historia es un iceberg, ¿entonces hay que soñar mucho para encontrar mucha verdad que contar?

Sí. Sí, sí. A mí, bueno, es un escritor que me gustó mucho en su momento, hace tiempo que no lo leo, pero, realmente, yo tiendo a eso, creo que cualquier escritor… No sé si cualquier escritor, pero tiendo a eso. Escribo mucho, mucho, y luego pues conservo muy poquito. Creo que de ahí surgen las cosas interesantes. Al final esta novela está como redactada en cuarenta días, a toda velocidad, pero, bueno, llevaba tres años escribiendo otra novela que no pude acabar… Llevaba mucho tiempo intentando hacer Literatura y, de repente, en estas circunstancias, digamos, encontré un recipiente en el que pude volcar todo lo que llevaba mucho tiempo intentando contar.

Hablas de que hay que aprender a aburrirse. ¿Te ha dado tiempo a aburrirte estos últimos meses con la escritura del libro, la puesta a punto de El arte de volver y los libros de recetas que, como cualquiera de nosotros, habrás explotado en cuarentena?

Eh… (Risas) Pues mira, últimamente sí me ha dado tiempo a aburrirme, la verdad, o sea, cuando pasó todo… Claro, 2020 ha sido una locura, para todo el mundo, obviamente, pero en mi caso, pues bueno, fue la novela, todas las versiones de la novela, y, como tú dices, la peli de El arte de volver y, bueno, estuve escribiendo otra peli también… O sea, ha sido como todo muy loco y ahora mismo estoy empezando a escribir otra novela que ni siquiera estoy escribiendo, estoy simplemente viendo un poco hacia dónde voy, de qué quiero hablar. Es un momento que yo disfruto mucho porque es un momento en el que me aburro, bastante (risas). Y antes sufría de eso, pero intento disfrutar de ese aburrimiento. Como, no sé, creo que en algún momento la escritura se impone, o sea, ya no tengo esa cosa que tenía antes un poco de sufrir, de es que tengo que escribir ocho horas al día o diez horas al día. Ya no creo tanto en eso, entonces… Ahora, como no puedo salir de casa, estoy viendo pelis, estoy leyendo, estoy, de alguna manera, a la espera. Y llega un momento donde escribes porque tienes que escribir, porque no puedes hacer otra cosa. Pero creo que es algo que debe ser orgánico, que no se puede imponer. Hay un libro que me encanta, que es La novela luminosa de Mario Levrero, habla mucho de eso. Creo que la escritura, por lo menos la escritura que a mí me interesa, tiene que ver con el paso del tiempo y con, no sé, una época que yo recuerdo con mucho cariño que es cuando yo iba a la universidad, que nunca iba y me pasaba las tardes dando vueltas por Madrid. Y, bueno, de ahí vienen muchas de las cosas que he escrito, no sé, seis, siete, ocho años después. Entonces creo que sí, que el aburrimiento está en la base de un tipo de escritura que a mí me interesa.

Hablas también en el libro de la Novela 1, ¿la has retomado?

No, la verdad es que no (ríe). La Novela 1 está, está ahí. Creo que la Novela 1, bueno, es lo que yo he necesitado para que exista la Novela 2. Entonces… No sé, me doy cuenta de que muchas veces funciono así. Me ha pasado también con guiones, me pasó con… En el primer guion que escribí con mi hermano, estábamos escribiendo otro guion, que era el que pensábamos que era el más importante y ese al final nunca existió. Me suele pasar. Creo que es porque me genera una cierta ansiedad porque pienso: “vale, esto es la gran novela, esto es lo que tengo que hacer”, y, de repente, por el lado, digamos, así de manera más o menos callada, empieza a surgir otra cosa que es como… No sé, creo que tiene que ver con, no me gustan las obligaciones, no me gusta el concepto de trabajo, aunque trabaje mucho, pero me lleva a pensar en el colegio, cuando te obligaban a hacer los deberes o te obligaban a leer un libro y decías “joe, este es libro que, seguro, no quiero leer”, porque me están obligando. Cuando yo empezaba a escribir o a dibujar lo hacía siempre en los márgenes de los libros o en el pretexto, lo hacía mientras, en clase de matemáticas, o de lo que sea, el profesor estaba dictando. Me gusta eso, recuperar esa cosa de que la escritura es como una resistencia. La escritura no es, o no puede ser para mí, como una obligación. Es como decir “tengo que escribir esto”, es un verbo como de… Hay un libro de Daniel Pennac que se llama Como una novela, que me gusta mucho, y dice que es “un verbo que no soporta el imperativo”, ¿no? Entonces esto de obligarte, “tengo que escribir, tengo que tal” y a veces me pasa cuando el encargo cobra mucho peso. Siento que me gusta ir haciendo otra cosa, casi sin decírselo a nadie, y eso es lo que suele ser interesante.

La escritura no es, o no puede ser para mí, como una obligación.

Daniel Remón

Ahora cualquier pantalla habla de una tragedia constante, es como el tic tac que escucha el Capitán Garfio. Aparte de en los libros, ¿dónde has encontrado tu refugio estos meses? ¿Hay algún disco, serie o actividad que te mantenga cuerdo por un momento?

He cocinado bastante, estuve un tiempo sin hacerlo mucho y ahora últimamente estoy volviendo a cocinar, que me relaja mucho. Me gusta mucho y me parece una actividad muy… No sé, como muy útil (ríe) O sea, quiero decir, es como una obviedad, pero a veces la escritura es fácil percibirla como algo inútil, que tú estás ahí poniendo palabras en un papel sin que nadie te las haya pedido, y es fácil pensar que te estás volviendo loco, que no sirve de nada y que a nadie le interesa. Y cuando tú cocinas algo, con amor, para una persona o para ti mismo, pues… Luego te lo comes. Seguro (risas). Entonces dices: “vale, tenía sentido”. Es algo que me relaja mucho y últimamente estoy haciendo eso bastante.

También la novela es un poco un ejercicio de cocina de aprovechamiento. Tú mismo lo comentas en el libro.

Sí, porque me gustan y me parecen interesantes los límites. En el arte creo que se habla mucho de libertad, y el artista tiene que ser libre, y estoy de acuerdo, pero creo que también los límites son interesantes porque te obligan a trabajar dentro de un cierto contexto, ¿no? Dentro de un círculo. Y ahí es donde dices “¿qué puedo utilizar? ¿Qué no puedo utilizar? ¿Hasta dónde me puedo pasar o no?”. Y sí, la novela es un poco eso, como llegar por la noche y abrir la nevera y decir “vale, ¿qué tengo aquí?”. O sea, voy a cocinar con lo que tenga, con lo que pueda.

En esta situación tan dura que nos está tocando vivir, a veces con especial ahínco en el mundo de la cultura, tú, como parte de Tourmalet Films, ¿cómo estáis encajando este golpe en la productora?

Pues mira, la verdad es que yo, justo me pillas que después de la película de Pedro [Collantes], justo después de El arte de volver, yo me he tomado un descanso de Tourmalet y casi del cine en general porque, bueno, estoy apostando por la literatura y eso me lleva mucho tiempo y es mi verdadera pasión. Pero aun así he estado casi diez años en Tourmalet y, bueno, en realidad es que es duro y es complicado, pero creo que no lo hemos notado tanto, en el sentido de que nosotros siempre hemos trabajado, te lo dirán mejor los miembros que quedan en Tourmalet, ¿no? Pero es verdad que nosotros siempre hemos trabajado con películas muy pequeñas y siempre en un sector en el que todo estaba en crisis siempre y todo estaba en precario siempre. Entonces, ahora sigue siendo así (ríe). Como siempre, no sé, creo que estamos acostumbrados a trabajar en esos márgenes y haciendo sólo lo que queremos, entonces, paradójicamente, aunque la situación sea complicada, creo que ahora la productora está en un momento muy bueno, que es el resultado de diez años de trabajo en el que ya de repente tenemos largometrajes que están en festivales: en Venecia, en San Sebastián, etc., y como que se está viviendo un poco la recompensa al trabajo de los últimos años.

Ya, por último, ¿cuánto de importante es educar a los niños a la curiosidad?

Pues mira, me parece maravilloso que digas eso porque creo que es lo más importante. O sea, primero, creo que en realidad no hace falta educarles en la curiosidad porque ya son curiosos por naturaleza. Lo que hay que hacer es no quitarles esa curiosidad. Fíjate que muchas veces, los adultos, lo que hacemos es quitarles esa curiosidad. Yo lo veo cuando he ido con mi sobrino al parque alguna vez y veo la diferencia que hay entre unos padres y otros. Entre algunos que dejan que el niño se reboce por la mierda del césped y que vaya corriendo y otro que todo el rato le están diciendo “no, no, no”. Y, bueno, tú te das cuenta de la importancia de esos pequeños gestos y te preguntas si estos niños, estas niñas, dentro de treinta años, qué clase de persona serán. Serán el resultado de muchas cosas, pero yo creo que lo que les digan en el parque y los que les digan en su casa es fundamental. Y ya digo que no es tanto incentivar la curiosidad como, simplemente, dejar que esa curiosidad crezca de manera natural. Esto lo digo siendo alguien que no tiene ni puta idea, esto también lo aviso, porque, claro, el ser padre es muy complicado, yo no lo soy, entonces, cada uno que haga lo que buenamente pueda.

Foto: Daniel Mordzinsky.