El Madrileño: crónica de un éxito de escaleras y pistolas

Hablar a posteriori siempre ha causado cierta fanfarronería. Que lo de cerrar las fronteras a cal y canto, que lo de salir con tres defensas y dos carrileros, que lo de que yo ya le seguía desde lo de Agorazein. Ya. Por paradójico que parezca, subirse al barco de un tipo que merendaba bocatas de billetes verdes, fardaba de firmar el contrato más caro de todo el gremio y se daba un aire al niño rico de Lazy Town, hace años, por lo que fuera, no cotizaba tan alto como en estos días. Ni para los gurús de la música, ni mucho menos para un servidor.

Lo que pasa es que Antón Álvarez Alfaro, también conocido mundialmente como C. Tangana -o Pucho, para los amigos-, no sólo ha estado muy espabilao, sino que, en los últimos meses, años, ha cambiado la limo por el Land Rover, se ha calado bien la boina y, de los mejores calibres, ha alimentado hasta los topes el rifle. El resultado es un disco ecléctico y emocional que habla por sí solo del éxito de un tipo agradecido que se ha hecho un nuevo traje –“y a partir de ahí para siempre”- a medida: El Madrileño.

Haciendo honor a su nombre, en una servilleta de San Ginés llenó de colaboraciones con amigos y maestros el álbum que está reventando hasta los pronósticos más optimistas. Un homenaje a las raíces, al folclore, a la canción española que se había visto sepultada, según dice el autor, por el pop y el rock de la escena nacional. Una declaración de intenciones ya reivindicada hace no tanto por una voz privilegiada, familiar y mucho más criticada sobre la que el tiempo dirá si fue un destello testimonial o una huella sobre el terreno. También este disco personal es, por momentos, una carta a los enemigos, los de la envidia, que le tienen, o le han tenido, y la oportunidad de réplica que le brinda el trabajo duro. Y, por los costados, el testamento de un corazón roto al que se le impide compaginar los focos, la plata, con el amor. Como un mafioso con sentimientos, un héroe de tragedia o una película de Damien Chazelle.

No es un trabajo estrictamente de concepto, de narrativa continuada. Pero esa narrativa la encontramos en la propuesta audiovisual que acompaña a cada tema y que corre a cargo del buen gusto de Little Spain. Videoclips donde Pucho disfruta como un enano de la última nevada histórica de Madrid, Imanol Arias pone voz y presencia al mítico discurso de Pepe Blanco o Jorge Drexler y Andrés Calamaro se reúnen en la trastienda trasnochada de un mercado de la capital. El reflejo de una obra plagada de featurings con el abrazo de los grandes en el que, incluso, a más de uno, no nos hubiera importado escuchar un poco más a Tangana, en solitario. Como cuando subió a un escenario, en la primera, en directo, con El Niño de Elche a la guitarra, a cantar, e irse. Y pensamos que era un capullo, pero un capullo con principios.

Como un delantero pichichi, acompañando a Aspas en Balaídos, Antón ha metido todas las canciones que queríamos que acabaran dentro y, además, ha tenido tiempo de sorprendernos con una combinación de estilos y géneros que florecen en sus canciones sin desprenderse de ese toque tan característico suyo. La que escuchábamos en bucle allá por cuarentena. Un “poquito” de flamenco. ¡Díselo! La primera que compuso en su vida, ahora remezclada por José Feliciano. Algo de bossa. ¡Eso es! Y así. Buscando, como cualquier artista, lo atemporal, pero hablándonos de lo que a uno le gusta, y por eso habla de ello. De escuchar a Eliades Ochoa y las guitarras alegres de Kiko Veneno que sonaban en casa. Del momento en que Antón es mucho más Pucho que Tangana.

El Madrileño se ha rodeado de gente muy talentosa -lleva tiempo haciéndolo ya-, desde la meticulosa labor de producción musical (que dirige de forma impecable el también músico Alizzz), hasta el precioso diseño de los sencillos (el arte de Iván Floro) que ahora decoran las paredes del interior del álbum. Pero tras la fachada y sobre los engranajes hay también una idea, una intención por encima de todo que tiene el sello personal de un tipo que, si bien trabajó primero con las armas y las balas, ahora labora con el cariño y la precisión de un ebanista. Y justo, de escaleras y pistolas, es de lo que no entienden sus amores.

Puchito, no hay más preguntas. Puedes seguir haciendo lo que te dé la gana.

Foto: Javier Ruiz.