Entrevista a Rosa Ponce: “Esta vez quería evitar el camino fácil de hacer un chiste convertido en relato”

“Odio escribir, me encanta haber escrito”. Dorothy Parker sabía bien de lo que hablaba. Porque, sí, esa es la realidad. Nadie que se dedique a la escritura como profesión te dirá que le “gusta” el momento de ponerse manos a la obra. Es un proceso terrible, tedioso y frustrante que depende de numerosos factores sobre los que quien ejerce no tiene control. El acto de hacerlo con soltura se antoja casi epifanía. Es fácil caer en florituras, en elegir un tono equivocado, en sonar rimbombante, en tomártelo (y tomarte) demasiado en serio… ¡Pero qué difícil es encontrar una voz! Y qué fácil pensar “Qué pena, no es el momento pa’ mí” frente al folio en blanco.

La polifacética Rosa Ponce comparte muchísimas cosas con la autora estadounidense: ambas escritoras, cuentistas, cómicas, guionistas y músicas, publicaron su ópera prima en los años 20, aunque de distintos siglos, eso sí. Vicente, poca broma. La sevillana lanzó el pasado mes de junio su primer libro, “Vamos a hacer las cosas bien” (Libros Walden, 2021), una recopilación de cuentos cortos donde sus protagonistas intentan recuperar a su ex por 9,50 €, lidian con el dolor de ver destrozado su valioso walkman My First Sony (edición transparente) en la piscina municipal, eligen el nombre de un bebé que nunca va a nacer o lloran tumbadas junto un precioso vestido rojo regalado a desgana mientras se preguntan “¿Qué hago yo con el tío este?”.

Ponce nos atiende al otro lado de la línea telefónica durante las vacaciones en casa de su madre, en Zahara de los Atunes. Están ellas y sus dos gatos. Charlamos sobre el libro, pero también sobre sentirse perdida siendo un “culillo inquieto”, repetir la E.S.O. , darte cuenta de que todo es la misma mierda, trabajar en El Grito Sordo S.L. y sobre lo guay que es el festival Canela Party.

El libro se publicó en junio y ha rodado todo el verano. ¿Cómo lleva alguien acostumbrada a escribir “desde las sombras” el que la gente esté leyendo y opine sobre un trabajo que, esta vez, viene firmado? ¿Qué comentarios te han ido llegando?

Por ahora todo lo que me ha llegado ha sido bueno, me alegro de que aquellos a los que no les ha gustado no me lo hayan dicho [Ríe]. Más allá del “Me gusta / No me gusta”, de lo que me ha comentado la gente me quedo con que creo que tienen la sensación de haberme leído a mí: aunque no haya escrito este tipo de relatos antes, tienen más o menos mi tono, el que pueden conocer de mis artículos. Estoy contenta porque lo he hecho todo como he querido y se ha entendido bien, me representa. Y, sí, firmar con tu nombre es muy distinto. Estaba nerviosa porque, por mucho que hayas escrito, siempre es más fácil atreverse con ciertas cosas cuando no firmas.

El prólogo lo firma la también autora sevillana Elisa Victoria. De su narrativa me encanta la oralidad que desprende, escribe en andaluz: me reconozco en su imaginario, en sus expresiones, en su forma de contar, y eso es algo que también me gusta mucho de tus relatos. Cuando una va a escribir su primer libro, entiendo que elegir el tono y cómo usar el lenguaje es difícil. Un libro parece, a priori, una cosa seria y es fácil perderse en las florituras. ¿Tuviste claro que la narración iba a ser así desde el principio?

Es posible que escribiera el primer relato del libro hace más de dos años. Recuerdo que, antes de eso, ya había intentado escribir algo, pero no había dado con la forma o con un tono que me convenciera, ¿sabes? Fue cuando acabé este primer relato que te comento, cuando me di cuenta de que tenía que ser así. ¿Cómo no va a sonar al lugar en el que está ubicado? No tiene sentido… Parece que, como es un libro, tiene que sonar como un libro. A mí me sonaba falso, creo que es intentarlo muy fuerte. Te lo estás tomando demasiado en serio si cambias tu forma de hablar y de escribir solo para que parezca un libro, valga la redundancia, serio. Yo ahí no me iba a encontrar. A Elisa la conozco desde hace años, somos amigas de Sevilla y, claro, la primera vez que la leí, pensé: “Esto es para nosotros, ¿cómo no va a ser así?” Es genial tener esta forma de contar y que se entienda en todos lados. 

¿Cómo nace este proyecto y la oportunidad de publicarlo con Libros Walden? Si no me equivoco, ya habías colaborado con ellos como parte del fanzine “El otro lado”… 

Manu [Libros Walden] me propuso colaborar en “El otro lado” más como música que como escritora, porque la temática del fanzine iba por ahí. Luego, poco antes de lanzar mi libro, también participé “Y todos tus días malos acabarán”, una antología con muchos autores donde cada uno cedería dos o tres relatos. Como te comentaba antes, yo por aquel entonces ya había escrito algo y estaba dándole vueltas a aquello de publicar, así que me animé. A raíz de esto, Manu volvió a decirme que si quería escribir algo en esta línea, se lo comentara. Yo le dije que a tope con eso, pero luego me vine un poco abajo: falleció mi padre, no tenía ganas de hacer nada y, además, vino el confinamiento. El proyecto se quedó aparcado. Pensé: “Qué pena, no es el momento pa’ mí”. Tenía muchas ganas de hacerlo, pero entonces era incapaz. Sin embargo, como a mediados de la cuarentena, se dio la vuelta a la tortilla: me agarré a la idea de sacar el libro. Puse el foco en hacer algo que me llenara, en lo que pudiera emplear el tiempo durante el día y que, además, me diera un fruto y me ayudara a estar contenta. Retomé todos los relatos que tenía a medias, reescribí otros, seguí sacando ideas y ahí ya por fin me salió. 

“Vamos a hacer las cosas bien”. Foto: Sara Peláez

La forma de contar y el uso del lenguaje que haces son muy divertidos, y podría parecer que son relatos escritos en clave de comedia, pero nada más lejos de la realidad. Muchos de ellos, y se me ocurren ahora “Agosto”, “El Niño” o “Idealista”, te dejan un poso de tristeza cuando los lees. Es necesario pararse a pensar para digerirlos: la pérdida, el desamor, la muerte… ¿Era la intención?

Pensándolo ahora, igual era inevitable que, en un momento así, mi libro tuviera un poco de parte dramática. Hasta el momento, todo lo que había escrito tiraba más hacia la comedia, porque es lo que me sale natural. Y no digo que sea bueno, pero huyo un poco de cosas más sinceras, más profundas o más mías. Me refugio un poco ahí, cosa que por suerte se me da medio bien y es con lo que trabajo. Esta vez quería evitar el camino fácil de hacer un chiste convertido en relato. Una cosa que me ayudó bastante, personalmente y a que finalmente saliera el libro, fue hacer mucha escritura automática durante el confinamiento: escribí un montón de hojas sin tener muy claro hacia dónde iba, pero ahí iba viendo qué ideas sacar o qué sentimientos había. El relato “Idealista”, por ejemplo, es triste, pero cuando te pasa algo así, no estás las 24 horas del día triste, por eso quería añadir detalles con los que te tuvieras que reír. Quería “balancearlo” un poco, que no se fuera hacía un lado, pero tampoco al otro, así se consigue que sea más real, creo yo.

¿Se han quedado relatos en el tintero como para hacer una segunda parte?

Sí, se han quedado muchos. Hice selección hasta última hora. Algunos que no iban a entrar, o que iban a ir en otros proyectos, incluso, los metí; otros los saqué. Pero de cara a un futuro proyecto, lo que quiero es escribir una novela, una historia larga. Me gustaría probar, porque llevo un tiempo dándole vueltas. De hecho, en mitad de ese proceso de ponerme a escribir y desarrollar un par de historias, llegó el confinamiento, murió mi padre y cambió un poco todo. Fue entonces cuando salió este libro de cuentos. El proyecto tuvo ese momento y ahí tenía que estar. Ahora se ha acabado y me pondré a escribir otra cosa, aunque nunca se sabe.

El libro se compone de 28 relatos protagonizados, en su mayoría, por mujeres. Solo hay un par de cuentos donde los protagonistas son hombres, y muy peculiares, además: Juan, el del transplante de cara, y Manolo, el de la gorra “Danone”. ¿No hubo tentación de transformarlos en mujeres?

Al principio intentaba equilibrar. Decía: “Voy a escribir algo que le pase a un niño o a un señor mayor”, pero luego pensé: “¿Por qué? Si tengo una visión como mujer y más historias que me han contado y que pueden influirme desde esta perspectiva, ¿por qué voy a forzarme?” Luego también creí que estaba guay que, por defecto, la mayor parte de las protagonistas de las historias fuesen mujeres. Pero es cierto, estos dos personajes son masculinos… Igual es porque nunca los he considerado los protagonistas absolutos de esas historias.

El libro se llama “Vamos a hacer las cosas bien”, pero al leerlo te das cuenta de que ninguna de las protagonistas hacen las cosas bien: a veces están perdidas, otras tristes, otras resignadas e impotentes y otras sienten que no encajan. La elección del título, que pertenece a uno de los relatos, ¿es como puñetazo encima de la mesa en plan: “A ver, señoras, tomemos de nuevo las riendas”?

[Ríe] Pues mira, eso de interpretarlo como una orden a posteriori, después de lo que le ha pasado a cada una, como dices, estaría bien. Pero, en realidad, yo lo veía más como: pese a todo, son personas que lo intentan, ¿sabes? Cuando estás así de perdida, algo te sale mal o estás intentando recuperar a tu ex novio de una forma patética, una piensa que lo está haciendo bien, nadie toma la iniciativa de hacer algo mal adrede. También me hace gracia esa frase, porque cuando alguien te la dice, sobre todo en el entorno laboral, como es el caso del relato en el que aparece, quien la recibe piensa: “Yo no pensaba que lo estaba haciendo mal. Vale que quizás no lo estoy haciendo a tu forma, ¿pero qué te crees? Claro que la cago, pero no es queriendo”. Estaba buscando un título para el libro y justo releía este cuento. La frase me gustaba y me hacía gracia, también como alegato cutre hacia esa gente que cree que, por decirla, ya se van a hacer las cosas exactamente como quieren.

La frase aparece en el relato “La escritora fantasma” y en él conocemos a Natalia, que pasa de escribir artículos de ‘clickbait’ a ejercer esta profesión en la que llega a escribir el libro sobre un perro influencer. ¿Se llama Natalia, pero bien podría llamarse Rosa?¿Es autobiográfico? Sé que empezaste en esto de la escritura publicando artículos de “pincha pincha” durante 5 años y bajo varios pseudónimos…

Sí, y me dedico a eso todavía [escritura fantasma]. Así que, por supuesto, me he inspirado un poco en todas mis anécdotas y todos los casos de personas a los que les he escrito un libro. Llevados al extremo, podrían ser un perro todos [Ríe]. Ese es el motivo por el que quería exagerarlo tanto, que de pronto fuera un perro. También quería exagerar esa sensación que tiene ella de cuando cambia a ese trabajo, porque cree que, por el hecho de ser un libro, ya es un trabajo super bueno; ya puede explicar de qué trabaja y parece que tiene más prestigio. Pero, claro, no siempre es así. Creo que puede representar cualquiera de los trabajos que he tenido yo o, creo, nuestra generación: con cada pasito piensas: “Venga, ahora sí, este trabajo sí que es el bueno. Ahora ya he subido un poco”. Y luego te ves que en esa nueva etapa que tienes por delante, en ese nuevo sector, hay tanta mierda como en el anterior, que te van a tomar como el último mono otra vez, que vuelves a estar a cero, aunque la gente desde fuera va a pensar que tienes un trabajo guay.

Rosa Ponce por Marina Concejero

Investigando un poco más sobre ti, he visto que eres una “Mocatriz” de manual, que dirían los Ojete Calor. Mujer polifacética: fotógrafa, escritora, música… ¿Qué llegó primero?

Yo estudié un grado superior de fotografía en Sevilla, por hacer algo. Era de estas personas que no sabían lo que querían. No elegí ninguna carrera, no sabía cuál hacer. No quería estudiar más. Había repetido un montón de veces en la E.S.O. , en Bachillerato… Era horrible como estudiante. Entonces dije: “Bah, voy a hacer Fotografía”, porque entró una amiga, la verdad. Luego me fui a Madrid para hacer un máster, pero esta disciplina tampoco me encantaba. Eso sí, creo que me sirvió para descubrir que se podían hacer cosas más artísticas o creativas y tenerlas como trabajo. Ten en cuenta que yo vengo de un pueblo de Sevilla y en mi instituto no había la opción, siquiera, de hacer la rama artística… No sabía ni que existía. Estaba muy perdida. Suspendía Matemáticas y Lengua y pensaba “Pues no valdré pa’ ná”. Pero, por otro lado, llevaba estudiando Música y batería desde los trece o catorce años, y me gustaban los idiomas: estudiaba alemán, inglés… De alguna forma sí que había elegido lo que quería hacer, pero al margen del canal habitual. Luego volví de Madrid y estudié Diseño. Trabajé un poco en ese sector, pero tampoco me terminó de encajar. Más tarde comencé a escribir por gusto y me empezó a ir bien por Twitter y Facebook. Mucha gente seguía lo que publicaba. Un día, un amigo que trabajaba para una empresa de márketing, me propuso trabajar allí, porque necesitaban redactores, sin yo saber que eso era un trabajo y que podía escribir. Confió en mí y estuve trabajando unos cinco años en los que cogí mucha práctica escribiendo de todo, y pensé: por aquí. 

Actualmente eres guionista y escritora fantasma para El Grito Sordo S.L.; batería de los grupos Petróleo, Ramona y Hardcute Ukelele… ¿Sigues también con Tigres Leones, por cierto?

No, hace casi ocho años que grabé lo último con ellos, aunque muchos medios me presentan como “La batería de los Tigres Leones”. Entiendo que es lo más conocido, pero… El grupo con el que sí que he estado todo este tiempo es Hardcute Ukelele, una banda que monté con una amiga de Sevilla.

Sí, conozco la banda. Os vi hace años en Málaga, en el puerto, durante una de las ediciones del festival Canela Party

Ay, ¿sí? ¡Qué buen concierto fue ese! Con los niños disfrazados… [Ríe] La verdad es que ese festival es el mejor. ¡He ido casi cada año!

Además de tu faceta como escritora y música, como decía, tienes un podcast de radionovela junto a Dinah Robledillo, “Mesa Italiana”, y eres tuitera activa y de éxito… Con tantas cosas, ¿es posible llevarlo todo para adelante y no morir en el intento?

En mi caso sí. Estoy muy contenta con todo lo que hago. Parece mucho y, seguramente, lo es, pero es que me llena mucho. Me encanta trabajar con Dinah y con Ignatius. Llevo dos años en El Grito Sordo, aunque no soy una persona que esté acostumbrada a ir a una oficina; toda la vida he trabajado desde casa y también necesitaba mi ratito por las tardes de trabajar yo sola en algo. El libro me lo ha permitido: un proyecto que solo dependiera de mí, y en el que yo tomara todas las decisiones, me vino muy bien. 

También te he escuchado comentar que durante la cuarentena habías hecho algunas canciones, que las habías subido a SoundCloud, si no me equivoco, y que la idea era grabar un disco. ¿Puede ser? ¿Es tu siguiente proyecto?

Ahora mismo estoy en Zahara de los Atunes con mi madre y nuestros dos gatos [La entrevista se realizó en agosto]. El año pasado también estuve aquí y me dio por las canciones: me traje la guitarra y estuve todo el rato grabando melodías y voces en el baño, que por lo visto hay mejor acústica [Ríe]. Este año no me ha dado por ahí, pero no sé… Lo que sí quiero es grabar un vídeo para una de las canciones que hice y sacarlo como videoclip. Es que durante el confinamiento me volví loca; necesitaba actividad y estuve muy contenta de tener tanto tiempo para hacer tantas cosas yo sola.

Foto de portada: Funche Díaz